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El valor perdido de los clubes cívicos

El valor perdido de los clubes cívicos
CORTESÍA/Club Activo 20-30.

Hubo un tiempo en que el desarrollo de nuestras comunidades no dependía exclusivamente del Estado ni del sector privado. Existía un tercer actor, silencioso pero determinante: la sociedad civil organizada. Los clubes cívicos —como el Club de Leones, Rotary y muchas otras organizaciones de servicio— fueron, durante décadas, las escuelas donde se formaban líderes, se cultivaba el sentido de pertenencia y se transformaban las necesidades de una comunidad en acciones concretas.

Hoy, ese modelo enfrenta una crisis silenciosa.

La disminución de la membresía, el envejecimiento de sus integrantes, la falta de relevo generacional y una cultura cada vez más individualista han debilitado instituciones que, durante más de un siglo, contribuyeron a construir comunidades más solidarias y resilientes. La consecuencia va mucho más allá de la desaparición de reuniones o actividades benéficas: estamos perdiendo uno de los principales generadores de capital social.

El capital social es un recurso invisible, pero invaluable. Está compuesto por la confianza entre las personas, la cooperación, las redes de apoyo y la capacidad de trabajar por objetivos comunes. Allí donde existe un tejido social fuerte, las comunidades enfrentan mejor las crisis, participan más en los asuntos públicos y encuentran soluciones colectivas a problemas que el Estado, por sí solo, no puede resolver.

Los clubes cívicos fueron, durante generaciones, verdaderas fábricas de ese capital social. En ellos se aprendía a servir antes que a figurar, a escuchar antes que a imponer y a construir consensos antes que a alimentar divisiones. Sus miembros no preguntaban quién debía resolver un problema; simplemente comenzaban a trabajar para solucionarlo.

Panamá necesita recuperar ese espíritu.

Vivimos una época marcada por la desconfianza en las instituciones, la polarización política y un creciente desapego hacia la participación ciudadana. Paradójicamente, nunca habíamos necesitado tanto de organizaciones capaces de reunir a personas con ideas distintas alrededor de un propósito común.

Porque un club cívico no es únicamente una organización de beneficencia. Es una escuela permanente de liderazgo ético. No es casualidad que muchos de los grandes líderes comunitarios, empresariales y políticos del siglo pasado hayan surgido de estas organizaciones. Allí aprendieron que el liderazgo no consiste en acumular poder, sino en poner las capacidades personales al servicio de los demás.

Las nuevas generaciones tienen otras formas de participar. Se movilizan desde las redes sociales, impulsan causas globales y encuentran nuevas maneras de organizarse. Esa energía es valiosa, pero no debería sustituir el encuentro humano, el compromiso sostenido ni la responsabilidad institucional que caracterizan a los clubes de servicio. Un «me gusta» nunca reemplazará las horas dedicadas a construir una escuela, organizar una colecta o acompañar a una familia en momentos difíciles.

El reto, por tanto, no es preservar estas organizaciones como piezas de museo. El desafío consiste en renovarlas sin perder su esencia. Deben abrir espacios para los jóvenes, incorporar nuevas herramientas tecnológicas, adaptar sus métodos de trabajo y comprender las nuevas dinámicas sociales, sin renunciar a los valores que les dieron origen: el servicio desinteresado, la ética, la solidaridad y el compromiso con la comunidad.

Fortalecer los clubes cívicos no es un ejercicio de nostalgia. Es una estrategia de desarrollo social.

Una democracia no se sostiene únicamente con leyes e instituciones. También necesita ciudadanos comprometidos, líderes con vocación de servicio y comunidades capaces de organizarse para resolver sus propios problemas. Ese tejido no surge espontáneamente; se construye en espacios donde las personas aprenden a confiar unas en otras y a trabajar por objetivos compartidos.

Si dejamos desaparecer esos espacios, perderemos mucho más que organizaciones centenarias. Perderemos escuelas de ciudadanía, semilleros de liderazgo y puentes entre personas que, a pesar de sus diferencias, descubren que el bien común siempre es un proyecto compartido.

Quizá ha llegado el momento de preguntarnos no cuántos clubes cívicos quedan, sino cuánto está perdiendo la sociedad cada vez que uno de ellos deja de crecer.

Porque, cuando una comunidad deja de servir, también comienza, lentamente, a dejar de creer en sí misma.

La autora es abogada.


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