Queremos creernos la leyenda de que somos únicos, ese “excepcionalismo” que no resiste mucho análisis… se nos sale el cobre con una frotada. Pero la internacionalidad y sus efectos sobre el pensamiento del istmo siempre nos alcanza, desde la construcción del ferrocarril en siglo XIX. Mucho antes de las redes sociales y la digitalización de la comunicación, una de las cosas que ha hecho de Panamá una fragua viviente de gentes e ideas (o la falta de ellas frente a una cultura transaccional, según se mire) es precisamente ser un punto de cruce, con los efectos del determinismo geográfico. Así, hoy, no nos escapamos de la polarización política y religiosa que amenaza a las democracias y a los derechos humanos en las Américas y en el mundo.
El rol de la inmediatez de las comunicaciones digitales juega un papel irreversible en el fenómeno de la polarización del pensamiento en las sociedades de hoy, identificado no solo como la radicalización de posiciones en el extremo del espectro político, sino el odio visceral a los grupos distintos, un imperativo de verlos desaparecer. La co-existencia de ideas de cómo organizar el contrato social, mediadas por las libertades fundamentales de expresión, reunión, agrupación, participación política, propiedad y actividad económica privada, responsabilidades sociales del Estado, creencias religiosas, que a través del voto libre popular podían acceder al ejercicio del poder político, respetando además los derechos básicos de minorías, parece una utopía distante frente a discursos sin pudor de grupos de extrema derecha y extrema izquierda, que hoy vuelven a ganar una popularidad desconcertante.
¿Y dónde hay espacio para los que no estamos ni en una esquina ni en la otra? ¿Qué hacemos los que no queremos ver un país en manos de la izquierda económica y política irresponsable y tampoco esclavo de un capitalismo clasista e indolente que ni sus impuestos paga?
La respuesta tribal irracional, esa que durante la evolución y la adaptación al entorno nos permitió sobrevivir y dominar a los homo sapiens, hoy está siendo explotada a través de las emociones más básicas de miedo al otro y/o de culpar al otro, ante las causas difusas del malestar económico global, regional y local que está afectando a las sociedades. Se erige ese tribalismo como alimento negativo del alma humana, intentando desconocer a su paso ganancias intrínsecas de la evolución, como la Carta Universal de los Derechos del Hombre.
Trillados ejemplos internacionales en los últimos años de populistas autoritarios que explotan ese miedo tribal a través de discursos polarizantes que socavan las democracias, abundan. Localmente, hemos comenzado en Panamá a jugar al miedo con grupos radicales que anuncian aspiraciones de acceder al poder político basados en el odio a grupos vulnerables, dogmas religiosos, pertenencia a bandas fuera de la ley (mercadeado como si fuera una virtud en ese cruce raro entre el crimen organizado, los barrios y ciertos operadores políticos) y otras fuentes de identificación tribal que nada tienen que ver con una oferta política de gestión gubernamental que obedezca a unos principios rectores de manejo de la economía, por ejemplo, o del ordenamiento social. Búsqueda de poder, pura y dura, para lograr que la sociedad se parezca a lo que esa tribu valora, dejando por fuera la coexistencia de personas, ideas y credos que la democracia liberal prometía acoger.
Asistimos a una involución polarizante de ideas en Panamá, cada vez hay más posturas extremas de grupos muy confusos en sus objetivos e intereses. ¿Y dónde hay espacio para los que no estamos ni en una esquina ni en la otra? ¿Qué hacemos los que no queremos ver un país en manos de la izquierda económica y política irresponsable y tampoco esclavo de un capitalismo clasista e indolente que ni sus impuestos paga? ¿Los que creemos en la dignidad de la persona humana y las libertades fundamentales, que queremos que se atiendan la salud y la educación, que pasemos del modelo de inequidad que “subsidia la pobreza” sin ofrecer verdaderas oportunidades de transformación?
Ni los unos ni los otros. Ninguno representa mi tribu.
La autora es abogada y escritora.

