El pasado domingo, dos de los partidos más tradicionales del país celebraron elecciones internas para elegir a nuevos dirigentes.
Una de las elecciones tuvo los resultados esperados. El Partido Panameñista, uno de los más tradicionales de Panamá, ha venido dando tumbo tras tumbo en las últimas elecciones. Si bien es cierto que quien fuera el último en ejercer la presidencia del país bajo esa bandera está considerado uno de los peores mandatarios de los últimos años, también es cierto que han existido figuras destacadas que han desempeñado una muy buena labor en los puestos que han ejercido.
No estoy seguro de que el actual presidente de la Asamblea Nacional pueda combinar sus labores como diputado, presidente de un órgano del Estado y las otras que tiene por delante. La verdad es que considero que este partido se ha alejado mucho de las doctrinas populistas que fueron la base de este colectivo político, que en su momento dirigiera uno de los líderes más influyentes que hemos tenido en este país, como lo fue el Dr. Arnulfo Arias Madrid.
El otro partido que tuvo elecciones —parciales, pero elecciones al fin— fue el partido más grande, en materia de inscritos, del país. El Partido Revolucionario Democrático (PRD), gestado por el general Omar Torrijos Herrera, fue creado dentro de una línea socialdemócrata; pero, al igual que mencioné más arriba, se ha convertido en una gran agencia de empleo, alejándose cada día más de su concepción original.
Considero que la ganadora, y ahora máxima autoridad del partido, Balbina Herrera, es heredera de la concepción general del colectivo. Sin embargo, debe cargar con el lastre que arrastra el partido, que al igual que el Panameñista, se ha alejado de su concepción original.
Llama la atención que, en ambas elecciones, no se seleccionó un fuerte componente de la juventud, que es donde en realidad está afincado el futuro de estos partidos. Esto, por un lado, desanima a esas nuevas generaciones que en muchas ocasiones sienten que no son tomadas en consideración; y, por otro, las deja sin las capacitaciones y el entrenamiento que todo partido político debe ofrecer, y que deberían ser el verdadero motivo de los aportes o subsidios electorales que reciben los partidos.
El PRD sufrió en la última contienda electoral la peor “revolcada” que ese partido haya experimentado, recibiendo el “castigo” de un electorado decepcionado que incluso otorgó su “confianza electoral” a personas formadas dentro de sus filas que corrían por otros partidos o de manera independiente. Lo sucedido debió haber retumbado en los oídos del partido y en la conciencia de quienes lo lideran. De hecho, los puestos que se estaban llenando en estas elecciones internas parciales son producto de esa vergüenza que debieron haber sentido todos los integrantes del comité ejecutivo nacional.
En el Partido Panameñista, lo que se aprecia desde afuera es que dos corrientes se enfrentaron: una liderada por una expresidenta —considerada entre las peores mandatarias que hemos tenido, hasta que fue reemplazada por quien lideró la otra corriente— y que resultó triunfadora. Entonces, ¿qué nos podemos esperar?
Los partidos tradicionales deberían entender que existe una nueva forma de hacer política. Que a los jóvenes les gustan las cosas sencillas, prácticas y que no tomen mucho tiempo. Esa es la clase de nueva generación de políticos que tenemos; salvo pocas excepciones —como las que se han visto en la Asamblea Nacional— hoy no hay mucha esencia ni contenido en la política nacional.
Estoy convencido de que las nuevas generaciones son imprescindibles en política, pero hay que educarlas en lo bueno. Que tomen el ejemplo de hombres y mujeres que los han precedido, como Juan Carlos Arango, Ana Matilde Gómez, Jorge Bloise, Grace Hernández o Roberto Zúñiga, solo por mencionar algunos.
Si las elecciones internas de los partidos siguen siendo un “quítate tú pa’ ponerme yo”, seguiremos teniendo los mismos deficientes resultados en las próximas elecciones. Pero bueno, la pelota está del lado de los partidos.
El autor es dirigente cívico.

