Vivimos quejándonos de esto y lo otro. Criticamos y repudiamos a los que, según nuestro pensar, no hacen las cosas bien, tanto en los asuntos públicos como privados. Pero, además de eso, alguna vez nos preguntamos: ¿qué hacemos nosotros para lograr directa o indirectamente que se haga lo correcto o lo que es bueno para nuestro país? Nuestra debilidad como sociedad descansa en nuestra propia actitud y en nuestro abandono irresponsable al dejar en manos de otras personas, sin utilizar criterios serios de selección, lo que nos corresponde hacer a nosotros mismos. Cierto es que por lo menos en cuanto a las decisiones de administración y en el servicio público en general, existe un sistema esencialmente representativo, cuyo motor de apoyo para lograr el poder son las promesas de hacer generalmente incumplidas, y que los beneficiados con nuestra confianza, luego, al estar en el uso del poder, no cumplen, o permiten que se haga de modo contrario a lo prometido, sin luchar vigorosamente por sus ideas o propuestas. Y finalmente, quedan inmersos en el hoyo oscuro de la incapacidad y falta de liderazgo.
Las excusas para los de la libre postulación que alcanzan posiciones, es la inadmisible justificación del apabullante poder de los partidos. Mientras que, para los postulados por partidos, es precisamente la existencia de intereses distintos de su partido o de las fuerzas externas que los controlan. Como se presenta nuestra realidad política social, a pesar de tanta infamia, un cambio radical está muy lejano por nuestras propias contradicciones, descalificaciones y ausencia de credibilidad. Pero, sí podemos dar un gran paso, si las fuerzas pensantes y menos impactadas por el clientelismo, buscan y logran electoralmente un balance de pensamiento y acción, a través de los nuevos partidos no vinculados a acciones deleznables y reprochables del reciente pasado, cuyos fines son básicamente el revanchismo y las prácticas ya conocidas.
Atendamos como debe ser a esos nuevos partidos no contaminados y su oferta electoral, tanto en cuanto a sus propuestas de plan de gobierno como de las cualidades y capacidad política de los ciudadanos que seguramente van a postular. Es responsabilidad de estos nuevos partidos (a pesar de las grandes limitaciones existentes) presentar buenos y confiables candidatos, realmente comprometidos con el país. En este último aspecto, debemos confesar lo difícil que es convencer a un buen ciudadano para que acepte estos retos. El grado de descomposición de las instituciones democráticas y las conductas de tantos infames ha desprestigiado a todo el sistema y eso es precisamente a lo que apuestan los que desean seguir destruyendo la república. Por ello, invitamos a los conciudadanos a reflexionar sobre lo que debemos hacer y estar siempre dispuestos a enfrentar los retos, a apoyar a los buenos ciudadanos que se atreven a dar la cara y a colocar nuestra impronta con decisión y acción, en estos momentos tan importantes para nuestro país.
El autor es secretario general de PAIS
