En Panamá, la mayoría de los embarazos de adolescentes involucran a hombres adultos; sin embargo, no todos los hombres abusan de niñas. ¿Dónde están esos hombres y qué pueden hacer para cambiar la realidad?
Las cifras oficiales revelan una realidad que rara vez se enfoca: de las 24 niñas y adolescentes que cada día se convierten en madres, 18 lo hacen producto de relaciones con hombres al menos cinco años mayores que ellas. El embarazo adolescente es, sobre todo, un asunto de hombres adultos.
Pero, aunque esto constituye un delito, las conversaciones sobre este tema suelen señalar a las niñas. Que por qué no cierran las piernas o son provocadoras, que dónde están los padres o ellas saben lo que hacen. La sociedad suele percibirlo de esa forma. Los ejemplos asustan. El 79% de las personas en Panamá considera que el embarazo ocurre por el comportamiento irresponsable de las adolescentes, según una encuesta reciente del CIEPS.
Es una cultura que convierte a menores de edad en víctimas por partida triple: del abuso por parte de un mayor, de la estigmatización pública y de la carga de cuidados. Las consecuencias para las niñas son enormes: rechazo familiar, exclusión escolar e incluso violencia obstétrica.
Mientras el foco siga puesto en las niñas y no en los hombres adultos, el problema no va a cambiar. El embarazo adolescente no se explica sin mirar a quienes lo hacen posible. Por eso, transformar la cultura masculina es parte de la solución.
A eso apunta el educador y autor estadounidense Jackson Katz en una charla TE D: “Si conseguimos que los hombres que actúan de manera sexista pierdan estatus, veremos una disminución radical del abuso”. Porque el abusador típico “no es un desviado” o “un caso excepcional”, es “un chico normal en todos los sentidos”.
Algunos ejemplos: un día un hombre se sale de un grupo de WhatsApp donde se comparten fotos de mujeres semidesnudas, luego de señalar que eso es una violación a la intimidad y puede constituir un delito. En otro punto de la ciudad, en una oficina, frenan a un compañero porque no es gracioso hablar de lo ‘buena’ que está una compañera: eso es acoso sexual. Y en una fiesta familiar, un sobrino le dice a su tío que vaya a buscarse su propia comida, la tía ya hizo suficiente con cocinar.
Si cada uno de los hombres —que no tienen relaciones con menores de edad— hace o dice algo, algo se mueve; porque la masculinidad se construye y legitima entre pares. La antropóloga Rita Laura Segato, que ha investigado y escrito sobre ello durante décadas, explica que el mandato de masculinidad obliga a los hombres a exhibir y a demostrar frente a otros hombres que son hombres, para validar su condición: que lo reconozcan como alguien merecedor de esta posición masculina.
Los hombres espectadores (padres, hermanos, amigos, compañeros) pueden hacer mucho para debilitar o transformar esa cultura masculina que normaliza el abuso a menores o tantas otras cosas.
No es una invitación a hacer una revolución, sino a examinar los actos cotidianos: enviar un mensaje, parar un chiste, salirse de un grupo de WhatsApp, no mirar para otro lado cuando algo incomoda. Que los hombres se incorporen a la conversación, especialmente desde la prevención, es clave para romper este ciclo. Sin ese cambio entre pares, ninguna política pública será suficiente.
La autora es socióloga, con formación en derechos humanos y género. Directora ejecutiva de Aplafa. Produjo esta columna en el Programa de Escritura ‘Pensar Panamá/ Narrar la Democracia’, de Concolón y la Embajada del Reino Unido en Panamá.

