Empecemos por el principio

El comienzo de mi interés serio por la lectura tiene nombre y apellido: Dan Brown, una confesión que ahora puede sonar inocente pero que me costará mucho en el futuro, lo juro. Ni el mismo Dios en persona sabe cómo ese ejemplar de El Código de Da Vinci llegó a mis manos.

Peor aún, cómo atravesó el mundo, surcando obstáculos geográficos y filosóficos, para acabar reposando el calor insoportable del trópico caribeño sobre la mesa de cinco patas de mi abuela, que de mesa no tenía nada. Allí empezó todo. Fue el inicio de una adicción compleja, de esas que preocupan a los papás. Ese muchacho no está bien, decía mi abuela, que me veía despertar con el libro debajo del brazo, y el que no soltaba ni para ir al baño.

Quién iba a pensarlo. En el colegio nos proponían a los clásicos: Homero, Platón, etc, pero que tanto idealismo platónico le podía caber en la cabeza a un muchacho de trece años, un porcentaje mínimo, sino nulo. Mientras tanto, el suspenso de los misteriosos sucesos que se desarrollaban en las tenebrosas calles romanas me mantenía en vilo, me levantaba cada mañana con el único objetivo de descubrir qué pasaría en el siguiente capítulo.

Debemos reconocerle a Dan su maestría para escribir historias que atrapan desde el primer momento, y se lo agradezco el triple porque con él inició una costumbre que no creo acabe nunca: la lectura insaciable. Te vas a volver loco, insistía mi abuela, la pobre señora juraba que yo estaba entrando en una especie de neurosis trágica, o que estaba siendo víctima de un embrujo malvado, total, en la calle se contaban más de cinco brujas confirmadas y comprobadas.

Una de ellas fue vista, infraganti, saltando una cerca de tres metros de alto a media noche, y sin piernas, porque según las malas lenguas, es decir, la opinión pública, las brujas se las quitaban para poder volar. Me daba igual, no me interesaban en absoluto los pormenores de la vida que me rodeaba, mi concentración estaba completamente enfocada en una sola cosa: el museo Vaticano.

El colegio, jardín idílico de la adolescencia, donde convergen los primeros odios y los profundos amores, fue testigo serio del crimen cometido. Muchos años después, en pleno juicio dialéctico, cuando le preguntaban por mi conducta, la institución foucaultiana respondía sin titubear: sacrificaba el típico placer infantil de jugar en la hora del recreo por el martirio intelectual de leer sin parar. Qué obscenidad.

La imprevisibilidad de semejante descubrimiento literario fue la responsable de que mi imaginación reemplazara las polvorientas calles de mi pueblo natal por las concurridas y estrechas callejuelas del barrio Trastévere, con todo y restaurantes, y de que al fondo, detrás de la casa de la familia Flores, vecinos desde hacía siglos, que vivían en una casa con techo de palma y paredes repelladas con cagajón de burro, se viera clarito el Castillo de Sant’angelo. Roma era ahora una ciudad del caribe.

El autor es consultor de talento humano.


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