Cuando baja el crecimiento económico, una de las variables económicas más afectadas es el mercado laboral. Para los trabajadores no es nada fácil encontrar un empleo formal en medio de una desaceleración, producto de que las empresas y consumidores contraen sus gastos, y es por ello que la mayoría de las veces crece el empleo informal.
Quisiera ahora trasladar ese contexto a la economía de Panamá, que tan solo el primer trimestre creció 3.41%, con una tasa de desempleo que subió y alcanzó el 6.4%. Estas cifras nos ponen en alerta para preocuparnos y cuidar el empleo.
Veamos la situación afuera – en América Latina - desde 2008 a 2018, donde la tasa promedio de desempleo juvenil ha pasado de 16% a 19.5%. En otras regiones con mejor suerte, se observan descensos considerables: Europa oriental (14.3% a 14.2%), Asia sudoriental y del Pacífico (13.5% a 12.2%), América del Norte (12.6% a 11.1%). La tasa promedio más baja en este periodo la tiene Asia oriental.
Estos datos, que aun arrojan oportunidad de mejora, son parte del día a día de nuestros jóvenes que hoy obtienen 1 de cada 10 empleos, cuando la proporción venía siendo 1 de cada 4. Hoy ponemos poco interés en dónde insertamos a los recién egresados y aquellos menores de 29 años.
El nuevo gobierno puede revertir esta tendencia, porque es evidente que necesitamos de los más jóvenes para reactivar la productividad, por lo que, teniendo un diagnóstico claro, no solo nacional sino también provincial, podemos mejorar los sistemas de formación, preparando con las necesidades que enfrenta el mercado.
Esto tiene que ir de la mano con empoderar a todos los actores involucrados, principalmente el sector privado (empresas), por lo que ha resultado canalizarlo en la región a través de alianzas público – privadas.
También verlo como parte de una política de Estado, considerando el gran componente educativo (calidad, reduciendo deserción, repetición y fracasos escolares).
Para que un joven pueda acceder a un empleo formal, hay que reducir la brecha entre universidades y centros técnicos con respecto a los negocios. Esta relación debe ser muy estrecha para saber qué necesitan las empresas y las capacidades de los egresados.
Las políticas que más resultados han logrado en la región son aquellas basadas en servicios públicos de empleo, que involucran servicios de preparación y orientación a los más jóvenes, así como información laboral y cercanía con vacantes. Actualmente se desarrolla por medios digitales.
También programas de fortalecimiento a nivel técnico y habilidades blandas, no solo para lograr una inserción laboral, sino también una permanencia y posterior crecimiento en el empleo.
Las aplicaciones de estas medidas se observan si miramos países miembros de la OCDE, como República Checa, Alemania, Japón, Islandia e Israel, donde los jóvenes cuentan con más oportunidades.
En alguno de estos países de la Unión Europea se aplica el programa de garantía juvenil, en el que se ha adecuado un periodo para que el egresado haya conseguido empleo, práctica o formación. Adicional, programas donde se combina formación con entrenamiento, lo que comúnmente conocemos como formación dual.
En la región, los programas de carácter integral han sido claves, con componentes de capacitación laboral y capacidades para la vida. Programas de focalización para conectar a jóvenes con programas más adecuados y emprendimiento para la formalización de micro, pequeñas y medianas empresas, principalmente de acuerdo con las demandas de mercado.
Programas positivos en la región muestran que involucrar al sector privado en desarrollar métodos de capacitación, y los currículos es positivo, así como fortalecer la figura del orientador o tutor dentro de la empresa aliada, para poder guiar a los más jóvenes.
El autor es economista, consultor y docente

