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En el corazón de la cordillera panameña

En el corazón de la cordillera panameña
Cordillera Central. Foto: Alexander Arosemena

La cordillera central panameña, que atraviesa principalmente las provincias de Bocas del Toro, Chiriquí, Coclé, Veraguas y la comarca Ngäbe-Buglé, es sinónimo de vida. Esta comprende las conocidas cordillera de Talamanca y la serranía de Tabasará, que constituyen el corazón de elevaciones importantes para nuestro país, como el caso del volcán Barú y el cerro Fábrega, con alturas que sobrepasan los 3,000 metros sobre el nivel del mar.

Para muchos son simples serranías que se observan cuando se atraviesa la carretera panamericana, sobre todo en el tramo que se recorre desde Capira hasta David, donde se observa uno de los paisajes más majestuosos de nuestro país.

Son estas cadenas de montañas testigos de los hechos ocurridos antes y después de 1492, aquellos territorios que estuvieron llenos de vida, aquel verde intenso que cubría el istmo de Panamá cubierto de ríos, bosques y sabanas.

Son estas montañas que ven nacer ríos de “vida” para las personas y la vida silvestre, como el caso de los ríos San Pablo, Chico, Grande, Tabasará, Changuinola y Santa María, entre otros. Es la zona que cubre parques nacionales como el caso del Parque Internacional La Amistad, Parque Nacional Santa Fe y reservas forestales como Fortuna, entre otros lugares de relevancia que forman parte del corredor biológico centroamericano.

Constituyen los bosques y ríos de estas cadenas de montañas el hogar de miles de especies de plantas, microorganismos y animales, entre los cuales podemos mencionar la rana dorada, el mico nocturno, el puma centroamericano, el venado de cola blanca, el mono araña, osos hormigueros, zarigüeyas, serpientes (muchas de las cuales son venenosas, pero la mayoría inofensivas), nutrias, perros de monte, entre otros animales. Son los cielos de estas montañas donde viven el quetzal, colibríes, tortolitas, garzas, pericos, loros y otras tantas aves que pasan en bandadas, que por cierto son cada vez más escasas.

Desconocemos aún cuántas nuevas especies de animales y plantas podrían estar protegidas en estos últimos refugios naturales. Son estos bosques dentro de estas montañas llenos de árboles de cocobolo, guayacán, cedro espino, caoba, entre otras plantas alberges de complejos ecosistemas nativos de Panamá.

Es probable que seamos dichosos de poder observar en el corto período de nuestras vidas dichas maravillas, pero también es probable que nuestros nietos jamás verán semejantes maravillas de la naturaleza como alguna vez fueron en todo su esplendor a causa del crecimiento urbano, industrial y agropecuario de nuestra sociedad.

Cuidar todos estos tesoros naturales requiere de mucha responsabilidad y de tomar decisiones como sociedad. Se trata de buscar un equilibrio entre naturaleza y progreso para el futuro de Panamá.

El autor es profesor especial de la Universidad de Panamá.


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