Todas las mañanas, camino al trabajo, desde la ventana del auto observo los tendidos eléctricos y marañas de cables aéreos que recorren esta hermosa ciudad. Este tema se está volviendo recurrente.
Es casi una obligación diaria. Un poco contrariado, porque no logro comprender el crecimiento descontrolado de miles y kilómetros de cables, de todo tipo y tamaño, que anidan y cuelgan en los postes de la ciudad.
Esta multitud de cables, cual telaraña, sin darte cuenta surgen de la noche a la mañana en las principales avenidas y calles de la ciudad. A veces estos cables se amontan en enjambres; algunas veces desaparecen misteriosamente por un tubo azul, para volver a aparecer en la próxima esquina con mayor agresividad.
Es como si los cables quisieran apoderarse de la ciudad y de sus habitantes que indiferentemente caminan bajo su sombra. Hay miles de cables de todos los tipos y tamaños. Da la impresión, como en una película de terror, que los cables se adueñan de la ciudad, evolucionan y se reproducen, invadiendo los pocos árboles sobrevivientes a la tala indiscriminada.
En las últimas semanas, he observado nuevos modelos de cables; cables en rollitos, otros están acomodados en hilera, con etiquetas de colores, como esperando alguna orden misteriosa para extenderse y cubrir otras partes de la ciudad.
¿A qué se debe la invasión de los cables? No tengo la menor idea. Solo puedo especular posibles situaciones, por ejemplo, que existen en la ciudad millones de clientes que necesitan kilómetros de cables para interconectarse y así obtener un mejor servicio. No me parece que esta sea la situación.
Podría ser que algunas empresas o algún comerciante muy avispado quisiera vender o comprar miles de metros lineales de cables. Es una posibilidad, un tanto atrevida y arriesgada. O podría ser que se está cableando de manera planificada toda la ciudad, para que, en un futuro cercano cada ciudadano pueda conectarse eficientemente. Lo dudo, no somos suizos, ni tenemos entidades o personas sumamente precavidas y eficientes, por lo que les resulta más fácil tener miles de cables disponibles en todos los postes, por si acaso alguien quisiera conectarse. Esta idea tampoco la encuentro tecnológicamente razonable, no me parece lógica y mucho menos económica.
Buscando aclarar mis dudas e interrogantes, consulté a un ingeniero en telecomunicaciones supuestamente conocedor de estos temas de cables y datas. Su respuesta me produjo más confusión. El ingeniero me dijo que tampoco entiende la lógica de la maraña de cables que hay por toda la ciudad, o simplemente no pudo o no quiso explicarme las razones. Estoy seguro que en otras ciudades más grandes o pequeñas que la nuestra, han resuelto el tema del cableado urbano, sin destruir la imagen de la ciudad.
Lo cierto es que las diversas autoridades que tienen que ver con el tendido de los cables no están entendiendo o no quieren entender la magnitud del desastre visual que esta mala práctica conlleva en detrimento de la ciudad y de sus habitantes.
Los pocos árboles de guayacán, jacarandas y robles, que por décadas adornaban las avenidas, deben sufrir la tortura de la poda inmisericorde, para dar paso a la multitud de cables que se enrollan como serpientes en sus ramas.
Estoy seguro de que no soy el único ciudadano preocupado por el tema del crecimiento descontrolado de los cables en los postes de la ciudad. Debe existir alguna institución responsable, a la que le corresponde la tarea de inspeccionar, controlar y obligar al soterramiento de los cables de una manera eficiente y terminar de una vez por todas con la pesadilla de los cables amenazantes que destruyen la imagen de la ciudad.
Estoy seguro que a los lectores de este articulo les va a ocurrir lo mismo que a mí, que al recorrer esta hermosa ciudad, comenzaran a estar pendientes del crecimiento descontrolado de los cables que la adornan y se preguntaran de quien es esta responsabilidad.
El autor es arquitecto urbanista
