Panamá da vueltas, luce perdida en su laberinto. Es una sociedad cada vez más indiferente, dormida en los laureles de una cotidianeidad enfermiza que la convierte en el lugar perfecto para que florezcan la ignorancia dirigida y el sosiego civil. No termina de concretar las grandes gestas que emprende, como la del año pasado, donde parecía que algo prendía en el aire de la conciencia ciudadana, pero nada: solo arroz con tuna.
Estamos domados, anestesiados por un noviembre patriotero y un diciembre navideño pre-veraniego que no permite ninguna lucha, ninguna discusión, lo que le da espacio a los sin vergüenzas institucionales para pactar olvidos, borrones y nuevas cuentas, que nos van a llevar esta vez a suscribir unas reformas de la CSS de “fidanque a toledano”, por una urgencia del Ejecutivo, que no tiene más razón de ser que su propia conveniencia y que esconde algo turbio (este será el signo de este gobierno).
Porque en nuestro laberinto hemos aprendido a dudar de todo y de todos, a sospechar mal y sin criterio, a tener la certeza, falsa o no, de que nadie es de verdad honesto, lo que nos convierte a todos en enemigo de todos. Atomizados, contra los medios, somos carne de cañón de conspiraciones politiqueras, de noticias falsas y un engrosamiento del descontento civil que solo nos sirve para desfogarnos en las calles, pero que nunca se concreta en verdaderas reformas.
Tenemos un grave problema de credibilidad, dentro y fuera del país, y solo podemos hacer pedagogía. No entendemos cómo funciona la corrupción y no calibramos hasta qué punto estamos infectados como Estado. Vivimos en una patria de mentiritas, y aunque sea “tantas cosas bellas”, ya no distinguimos la realidad de la ficción, nos hemos perdido en nuestro propio cuento, estamos presos en el laberinto, y el Minotauro nos persigue con el firme propósito de convertirnos en una sociedad derrotada. Ojalá el hilo de Ariadna del criterio nos saque de nuestra realidad.
El autor es escritor.
