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En tiempos de farsantes

En tiempos de farsantes
Imagen conceptual elaborada con asistencia de IA

La RAE ofrece una lista de sinónimos interesantes para “farsante”: engañador, impostor, mentiroso, embustero, tramposo, fingidor, embaucador, simulador, cachetón (sí, cachetón, la RAE dixit). Hablar hoy del doble filo de la inédita conexión y de la cantidad de información que trajo la era digital es casi un lugar común. Pero aquí voy: sin desmeritar el maravilloso acceso al conocimiento (para el que lo quiere) y las herramientas de trabajo que nos ha traído, lo que también nos ha traído en materia de farsantes digitales es brutal. Los hay en todos los campos del quehacer humano: medicina, fitness, nutrición, esquemas para hacerse rico en línea, coaches emocionales y de negocios, y ad infinitum. Simulan saber —o creen saber— sin estudios, experiencia, capacidad o logros reales, y desde ahí aconsejan a seguidores que se dejan.

Me ocupan hoy los simuladores que vieron, desde la ventanita de su monitor —en el escritorio de su recámara, en la casa de sus padres, en nuestro tercer mundo—, qué cool eran los billonarios tech-bros de Silicon Valley y sus juguetes. Sin capacidad real para generar bienes, servicios o infraestructura tecnológica exitosos, imitan a ese arquetipo de joven magnate tecnológico: exhiben computadoras, gadgets de última generación y automóviles, todo al servicio de su imagen en redes. Tal vez hagan uno que otro negocito con incautos, a quienes venderán una solución digital enlatada o disponible gratis en una plataforma de código abierto. No generan empleos reales ni conocimiento.

Eso sí: pagan de lo lindo a relacionistas públicos digitales, quienes seguramente se ofenderían con esa denominación. Hoy se llaman estrategas de comunicación política y posicionamiento asimétrico, arquitectos de narrativas, ingenieros de percepción, consultores de influencia, gestores de activos reputacionales, especialistas en encuadramiento del discurso… También están los pódcasts de fachada, con guion influenciador blindado, y otras formas de vender humo. ¡Ah! Y rara vez revelan la relación comercial.

Estos fingidores de éxito no copian solo la estética. Adoptan la filosofía rompedora de ciertos tech-bros: un tecnooptimismo radical y pseudolibertario que desprecia la democracia tradicional y las instituciones, vistas como obstáculos ineficientes para el crecimiento de empresas globales. En su lugar, postulan una meritocracia algorítmica: la gobernanza en manos de una élite de ingenieros y desarrolladores, mientras las relaciones personales y sociales quedan subordinadas a una visión hipercapitalista y utilitaria del mundo. El farsante no comprende esa doctrina ni tiene con qué realizarla; la usa como disfraz de inteligencia, éxito y superioridad.

Estos cachetones digitales serían personajes cómicos, zombis aspiracionales que vieron algo en redes y lo imitan, si no fuera trágico que algunos transfieran su popularidad digital a carreras políticas y, mediante elecciones, se conviertan en servidores públicos. El problema es estructural: la misión esencial del servicio público —actuar por el bien común— es anatema para esa visión utilitaria del mundo. Mientras tanto, los plutócratas tecnológicos globales, los meros meros, no los wannabe, ya influyen directamente sobre líderes políticos para desregular y desmantelar una democracia que reconoce la responsabilidad social del Estado. No necesitan aspirar a cargos públicos: sería degradar el poder que ya poseen, sin la necesidad de ser elegidos por los ciudadanos. Casi replicando la filosofía antidemocrática de Platón, se creen los elegidos, “los sabios” que deben guiar a las masas.

Cuando nuestros pedestres impostores llegan al servicio público, modelan su gestión según la lógica que imitaron. Se rodean de asesores para el posicionamiento, no para atender lo que los usuarios del Estado requieren. Confunden anuncios con resultados; no entienden el tiempo, los recursos ni las capacidades institucionales necesarios para cambiar el mundo real, especialmente en un tercer mundo donde buena parte de la población ni siquiera tiene cubiertas las bases de la pirámide de Maslow. Son permeables a los intereses de grupos económicos que perciben como pares de su élite imaginaria. Y, una vez con acceso por la vía del cargo, empiezan a participar en negocios digitales que sí los enriquecen.

Además, replican otro rasgo preocupante: una fascinación con la autoridad y la fuerza. En el mundo privado puede parecer grotesco que un magnate arme un ejército privado, vista un jacket militar a lo Michael Jackson o coquetee con la retórica de la violencia selectiva. Pero cuando sus acólitos aspiracionales llegan al Estado, la farsa cambia de escala. Con recursos públicos y una cuota de autoridad, juegan a disfrazarse de poder represivo, como si se tratara de un videojuego y la autoridad civil fuera prescindible. Lo cómico desaparece cuando habilitan a personas sin preparación ni legitimidad para portar armas y ejercer el “monopolio de la violencia del Estado”, como diría Max Weber. En una visión utilitaria y oportunista, ¿qué importa que los ciudadanos más vulnerables queden a merced de cuerpos represivos creados para la vanidad de ese nuevo personaje?

Y me pregunto por qué los más vulnerables votan por engañadores: por esta especie de farsantes o por otros a quienes lo último que los mueve es el bien común. Quizás tenga que alquilar a un arquitecto de narrativas para que me lo explique.

La autora es abogada y directora ejecutiva de la Fundación para el Desarrollo de la Libertad Ciudadana, capítulo panameño de Transparencia Internacional (TI).


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