Este 27 de mayo, Colombia elige su futuro en medio de un complejo ajedrez político donde miden fuerzas diversos jugadores.
La compra, trasiego y manipuleo de votos ha sido una constante cuando se trata de elegir presidentes, senadores, representantes, alcaldes, gobernadores, concejales, etc.
En esta ocasión, los colombianos optarán por una izquierda que es calificada por muchos como plagada de propuestas irrealizables, con los recuerdos de una pésima alcaldía de la capital, los nexos ideológicos con el chavismo y los señalamientos de ser el candidato de las FARC.
O por una derecha que los críticos consideran que promete “revisar” o modificar los acuerdos de paz que tanto rechazo han recibido de una buena parte de la sociedad colombiana, que ha sido criticada por tener un candidato “en cuerpo ajeno” y ser sectaria.
Estas elecciones estarán marcadas por una profunda polarización, desconfianza en la transparencia del manejo de los votos y votantes, la omnipresencia de la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (ELN), el Ejército Popular de Liberación (EPL) ahora, como cualquier grupo ilegal, transformado en Los Pelusos, las múltiples bandas de narcotraficantes que dominan territorios y poblaciones y la sombra de las ex–FARC, cuyos dirigentes más conspicuos tienen solicitud de extradición a Estados Unidos por narcotráfico y cuyas “disidencias” siguen manteniendo un régimen de terror en muchos departamentos o provincias colombianas.
Es una guerra interna sin concluir, donde en regiones como el Catatumbo, el bajo Cauca y otras, los mal llamados “paros armados” de grupos ilegales, detienen toda actividad y son un eufemismo para amenazar y paralizar a la población civil.
Estas y otras acciones generan desplazamiento de miles de familias, al igual que el asesinato de líderes comunales y gente inocente que queda entre dos fuegos, tal como ha sido en los últimos 50 años.
Es contradictorio, paradójico que en un país eminentemente católico, protagonistas de la violencia: narcos, guerrilla, paramilitares y bandas criminales no respeten el quinto mandamiento y donde la peor lacra, la corrupción, alcance a casi todos los estamentos, llámense Corte Suprema de Justicia, Senado, Cámara de Representantes, empresas privadas, Ministerio Público, fiscalías, fuerzas armadas, entes de control, etc.
Lo más vil: que hayan creado “carteles” para defraudar y corroer a sectores como la niñez, la salud, la educación o la justicia.
El elector colombiano deberá tener la claridad de conciencia de votar por los mejores o, como decía mi abuela, por los “menos peores”, que rechace a los “dirigentes” de siempre, que están acostumbrados a ganarse la vida en un puesto público saqueando el presupuesto nacional, en componendas, solo buscando su beneficio personal sin hacer nada por el país.
Los colombianos merecen una paz duradera y un mejor futuro, por lo que no tienen otro camino que el de la reconciliación, con verdad, justicia y sin impunidad para quienes por décadas han sido verdugos implacables, para quienes la vida humana ha sido solo moneda de cambio y el terror su instrumento más efectivo.
Hay una mayoría colombiana, honesta, trabajadora, emprendedora y culta, que ha dado grandes escritores, científicos, deportistas, artistas, y una larga historia democrática donde nunca ha habido un golpe de Estado.
Quizá sea una utopía querer que sea un país donde sus dirigentes lleguen a los diferentes poderes limpiamente, por sus ideales y sus propuestas serias, realizables y que favorezcan a las mayorías, que son las más marginadas y las que más atención del Estado requieren.
Como periodista, me merecen más admiración y respeto las víctimas de las violencias absurdas que han golpeado a Colombia, que aquellos que ostentan el poder económico, el poder político o el poder de las armas.
El autor es periodista
