Exclusivo

Encuentre las diferencias

Una de las ventajas de haber vivido y trabajado en varios países es que uno adquiere una perspectiva desapegada y curiosa sobre las diferencias entre ellos. Es casi como resolver ese juego de “encuentra las diferencias”, donde uno miraba dos dibujos similares en el periódico y tenía que encontrar los detalles que diferían entre ellos. Hace ya cinco años que vine a los Estados Unidos y dejé Panamá. Aunque una buena parte de este período ha sido extraordinaria e inusual debido a la pandemia, creo que empiezo a apreciar más claramente la diversidad entre los dos lugares, lógicamente, filtrada por mis sesgos cognitivos y particularidades.

Una de las primeras observaciones es la importancia y confiabilidad del sistema de correos. Aquí, casi todos los documentos, encomiendas y productos se envían y reciben utilizando el correo. Igual te mandan un cheque de miles de dólares como si recibes una citación a juicio. Y te llega a tiempo y entregado en la puerta de tu casa o en el buzón que tienes en el portal.

Otro aspecto que me llamó mucho la atención es la falta de reglas, o más bien el exceso de reglas al que estaba acostumbrado en Panamá. Aquí, por ejemplo, los manipuladores de alimentos no usan gorro o protector de cabello, puedes conducir tu auto sin camisa, y en casi ningún lugar he visto prohibiciones sobre la vestimenta. Recuerdo muchos lugares en Panamá con el letrero: “no se permite blusa de tirantes o entrar con chanclas”. Por estos lares, la gente se viste como quiere, camisetas, crocs, chanclas, pantalones cortos, lo que venga. Mientras pagues la cuenta, todo es permitido.

Durante la pandemia, las reglas eran muy flexibles y, por supuesto, no se limitó el acceso de la gente a lugares abiertos ni a las playas. En Panamá, como empleado público, estaba acostumbrado a los decretos y resoluciones de las autoridades. Aquí veo muy poco de eso. En el hospital donde trabajo, se implementó el uso de la mascarilla y todas las reglas de control de infecciones con un correo electrónico enviado a los empleados, y de igual manera, con otro correo electrónico se eliminaron todas las medidas cuando dejaron de ser necesarias o imprescindibles. Siento como si en Panamá las autoridades se vieran compelidas a prohibir muchas cosas. Aquí se valora mucho más la libertad individual, para bien o para mal.

En el hospital, casi nadie habla de política. A cinco años de haber empezado, no sé a ciencia cierta quién apoya a Trump, quién es demócrata, o cuál es la ideología o afinidad política de la mayoría de mis colegas médicos. Hay como un compromiso tácito de que el hospital no es el lugar para discutir esas cosas. No se considera ético o adecuado tocar esos temas y punto. Otra diferencia es que hablar mal de otras personas en su ausencia no es aceptado. Pueden imaginarse pasar todo un día sin hablar de política o chismear un poquito. Nadie pregunta, por ejemplo: “¿tú crees que él es republicano?” o “¿Vieron con quién salió John de la oficina?” ¡Qué aburridos!

Donde trabajo, hay un esfuerzo consciente por entrenar a la gente sobre cómo ofrecer crítica constructiva. Se nos capacita en cómo conducir conversaciones difíciles o críticas, resolución de conflictos y cómo ser respetuosos de la diversidad de opiniones, apariencia, orientación sexual, religión, etcétera. Imagino que esta es una reacción a un pasado (y no tan pasado) de racismo y discriminación. Pero me llama la atención que, al igual que aprendemos sobre una enfermedad o aspectos científicos de la profesión, nos “entrenan” formalmente en cómo ser más civilizados. Yo pensaba que eso era solamente en el Kindergarten.

La gente en general es muy reservada. No conozco a mis vecinos. Los veo, les saludo de lejos. Quizás hemos intercambiado un par de palabras. Puede que viva enfrente o al lado de un asesino en serie y no lo sepa. Pero, por otro lado, la gente es sumamente cortés. Si pasas cerca de alguien, dicen “excuse me”; si lo rozas levemente, “I am sorry”, y no es raro que se detengan para dejarte pasar si están en un pasillo o escalera estrecha. En las calles y avenidas abundan los altos de cuatro esquinas, donde el primer auto que llega a la intersección tiene el derecho de paso y los demás se detienen. ¡Es como una coreografía perfecta sin haberla practicado! Nadie bloquea las intersecciones que tienen semáforos, incluso si tienes la luz verde, esperas a tener espacio al otro lado de la calle para avanzar. No sé dónde ni cómo les enseñaron a hacer eso; en mi Panamá, si tienes la verde, sigues, aunque trances toda la avenida. ¿Y pueden creer que aquí la gente no usa la bocina del auto para expresar sus sentimientos? Son esencialmente mudos al volante, inexpresivos. Creo que he escuchado dos bocinazos en cinco años: uno lo di yo recién llegado, y el otro cuando se activó la alarma de un auto en el estacionamiento.

El barrio donde vivo es sumamente silencioso también. Llevo cinco años esperando la primera fiesta con reguetón de mis vecinos, o la acérrima gritería de una disputa matrimonial y…nada. Esto es como un cementerio. Al principio no podía dormir con tanto silencio y esperaba un portazo o el pitido de un taxista para conciliar el sueño. Ya me he acostumbrado a la quietud, y debo confesar que hasta me gusta. Solo se escucha a veces el ladrido distante de los perros y el canto de los pajaritos por las mañanas. Pero, a decir verdad, quisiera de vez en cuando poder despertarme con el grito de un vendedor ambulante ofreciendo “bollo, bollo preñado, bollo”, y sentir, especialmente en invierno, el calor de mis amigos y familiares, aunque vengan a visitarme pitando ruidosamente para avisar que han llegado.

El autor es médico.


Última Hora

  • 14:31 Se eleva a 1,595 la cifra de muertos en Venezuela Leer más
  • 13:34 Prófugos de La Joyita se tiñen el cabello y se cortan las cejas para evadir la justicia Leer más
  • 13:00 Biblioteca Nacional ofrecerá amnistía librera y actividades especiales por su 84 aniversario Leer más
  • 12:29 Descubren droga oculta en osos de peluches procedentes de Estados Unidos Leer más
  • 11:00 Cómo funciona la tecnología microscópica detrás del gol anulado a Croacia que detectó lo que nadie vio y clasificó a Portugal Leer más
  • 09:05 La confianza no se decreta, se construye Leer más
  • 08:57 Lecciones amargas Leer más
  • 08:52 Ciencia, tecnología e innovación sostenible en el agro Leer más
  • 05:20 Suiza se clasifica a octavos de final y espera al ganador entre Colombia y Ghana Leer más
  • 05:03 La Asamblea de Shirley Castañedas podría reabrir la puerta a la amnistía de Martinelli Leer más