Enseñanza: de la motivación a la creatividad en el aprendizaje de calidad del siglo XXI

Nuestras escuelas deben ser el primer lugar donde un niño deba —y quiera— estar. Se nos ha hecho creer desde el inicio que el aprendizaje debe ser tácito, y nuestros modelos y sistemas educativos están basados únicamente en competencias lúdicas, pedagógicas o estratégicas, que dan lugar a un aprendizaje significativo. En este siglo, estamos llamados a transformar para crear, aprender a aprender y estudiar para recordar, no para memorizar. El aprendizaje por memorización solo activa la memoria a corto plazo, ya que responde a un proceso cognitivo limitado en el tiempo.

Es importante entender que, antes de crear escenarios de aprendizaje, debemos saber cómo aprenden nuestros estudiantes y cómo funciona nuestro cerebro, que está profundamente involucrado en el proceso de enseñanza-aprendizaje. El cerebro humano cuenta con un lóbulo temporal, ubicado en la parte media, que nos ayuda a retener información de manera auditiva y escrita, y está directamente conectado con las emociones. También posee un hipocampo, que nos permite recordar y consolidar lo aprendido mediante el uso de nuestras inteligencias múltiples. Además, la amígdala regula las emociones en el proceso de aprendizaje, lo cual significa que nuestros estudiantes almacenan y crean experiencias a partir del uso significativo de los conocimientos adquiridos en el aula.

Comprender cómo el cerebro almacena información en el proceso de aprendizaje implica asumir que este debe involucrar activamente al niño, sin discriminación, apelando a sus capacidades y habilidades. Un aprendizaje significativo es aquel en el que el niño aprende, recuerda, escucha y responde sin temor a equivocarse; donde el aprendizaje es libre y creativo.

Nuestros estudiantes están deseosos de ser escuchados. Somos los docentes quienes debemos cambiar las perspectivas sobre ellos. Debemos imponernos retos profesionales:

  • ¿Cuáles son nuestros objetivos al inicio de una lección?

  • ¿Qué deben aprender al final de ella?

  • ¿Qué estoy haciendo diariamente para mejorar sus habilidades como estudiantes?

  • ¿Conozco cómo aprenden mis estudiantes?

Nuestras aulas están llenas de niños y jóvenes que nos enseñan a ser mejores docentes: creatividad absoluta, curiosidad infinita, necesidad de ser escuchados... y emoción compartida. Para que sean felices en nuestras aulas, debemos tocar sus almas; solo así aprenderán lo que deseamos enseñarles, con amor y empatía.

¡Del docente depende crear un mundo mejor para nuestros estudiantes!

El autor es profesor de Udelas.


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