Durante las últimas semanas, muchas escuelas públicas en Panamá han permanecido cerradas. No ha sido por causas de fuerza mayor ni por fenómenos climáticos que impidan el acceso físico a los centros educativos, sino por decisión de algunos sectores docentes que, en medio de una protesta sostenida, han interrumpido el proceso de enseñanza, dejando en espera a miles de niñas, niños y adolescentes que dependen de la educación pública como único medio de formación sistemática, encuentro humano y posibilidad de construcción de futuro.
No se trata de negar el derecho de los trabajadores a expresar sus reclamos. Se trata de señalar con claridad que hay espacios donde ese reclamo no puede interrumpir la continuidad de un proceso que no es simplemente curricular, sino vital. La escuela no es solo el lugar donde se aprenden fórmulas o reglas gramaticales; es el espacio donde el pensamiento comienza a tomar forma, donde se ejercita el juicio, donde se cultivan la palabra, la convivencia, la duda, el sentido de pertenencia y el asombro. Cuando ese espacio se suspende, aunque sea temporalmente, no se detiene solo una estructura de contenidos: se interrumpe la posibilidad de acompañar al niño en su camino hacia la construcción de conciencia.
Mientras algunos maestros han optado por abandonar el aula como forma de protesta, la mayoría de los padres de familia sigue esperando que sus hijos regresen al espacio escolar con la confianza de que allí serán escuchados, guiados y sostenidos. La familia, sin duda, es el primer núcleo formador; pero cuando no puede contar con la escuela como aliada, cuando no hay quien acompañe desde el otro ángulo la formación ética, cognitiva y emocional de los hijos, se genera una brecha profunda, no siempre visible en el corto plazo, pero sí determinante en el largo recorrido del desarrollo humano.
Educar, como hemos sostenido una y otra vez, no es instruir ni repetir. Tampoco es adoctrinar ni domesticar. Educar es formar pensamiento. Es despertar la capacidad de analizar, de preguntar, de comprender. Es enseñar a leer el mundo, a interpretarlo, a cuestionarlo y, cuando sea necesario, a transformarlo. Y eso solo ocurre en la relación constante entre quien enseña y quien aprende, en la continuidad de un proceso que exige presencia, escucha, tiempo, coherencia y responsabilidad. Ningún programa, por bueno que sea, puede compensar la ausencia del vínculo humano que representa el educador en la vida de un niño. Ningún material didáctico sustituye la mirada, la palabra, la orientación oportuna de quien ha decidido asumir, no solo una profesión, sino una misión.
Cuando el maestro no está, no solo se pierde la clase. Se debilita el vínculo. Se interrumpe el ritmo. Se genera desconcierto. Se vacía de sentido la espera del alumno, que asiste puntualmente, con su uniforme bien puesto, con su mochila cargada de expectativas, con su derecho intacto a aprender, y encuentra una silla vacía, una puerta cerrada o una promesa postergada.
El aula, con todas sus limitaciones, sigue siendo uno de los espacios más sagrados de la vida social. Es allí donde los niños aprenden a convivir con otros distintos, a hablar en voz propia, a compartir ideas, a escuchar argumentos diferentes, a defender lo que creen sin violentar lo que otros creen. El aula es, muchas veces, el primer lugar donde un niño se da cuenta de que tiene ideas, de que puede expresarlas, de que lo que piensa importa. Interrumpir ese proceso, por cualquier causa, es una herida en la estructura invisible de la formación ética de un país.
El maestro, si desea hablar de justicia, tiene todos los medios legítimos para hacerlo, pero debe saber que el aula no es campo de batalla. Es espacio de siembra. Y el primer mensaje que un maestro puede ofrecer a sus alumnos sobre justicia es el ejemplo de su presencia continua, de su compromiso, de su capacidad de resistir y transformar desde adentro, sin dejar al niño en la orilla, sin delegar en la ausencia lo que solo se construye con presencia.
La educación no es un acto neutro. Tiene una carga ética, política, espiritual. Es el lugar donde se comienza a formar no solo trabajadores o estudiantes exitosos, sino seres humanos con conciencia, con memoria, con capacidad crítica, con sensibilidad. Y eso solo es posible si quien enseña comprende la dimensión de su tarea, no como instrumento técnico, sino como acto de amor activo.
Porque enseñar, en su fondo más verdadero, es una forma de amar.Y amar —amar bien, amar de verdad— no es abandonar.
La autora es autora es psicóloga y docente.
