Hay expresiones en el medio educativo que son sintomáticas de graves falencias en cuanto al sentido y los fines de lo que significa formar una persona educada. Probablemente estas frases que se dicen sin pensarlas demasiado, ya que pueden visualizarse como “lugares comunes” que se repiten sin supuestamente hacer daño a nadie, son en realidad la muestra viva de lo excluyente que puede ser el proceso educativo de modo poco menos que inconsciente. Presento a continuación una de las frases o expresiones que, tendiendo más al cumplimiento que a la responsabilidad, anulan lo que de bueno podría tener la dinámica de enseñanza y aprendizaje en todo el sistema educativo, pero que quizá tienden a ser más dañinas en el nivel primario y medio.
Esta expresión común, que incluso forma parte del discurso oficial, es la repetida orientación “reducir el índice de fracasos”. La calidad de traición que induce este argumento tiene el nivel de una puñalada en la espalda a la propia idea de educar. Cuando se habla en lenguaje de salud de “reducción”, aplicado a una situación patológica o un contexto de emergencia médica, es claro que se busca una disminución del daño causado por un agente patógeno o una eventualidad en salud. Aquí no hay ningún problema en la aplicación del término, pues se responde a las lógicas de evitar la maleficencia y procurar el bienestar. Ahora bien, cuando esta idea es conducida al momento educativo, es cuando aparece la perversión más sutil: se está afirmando que el fracaso escolar es un mal en sí mismo que debe limitarse. He aquí el problema, pues en realidad el fracaso o los resultados negativos en los índices de promoción o resultados académicos no son en sí mismos el problema o el mal a atacar. Son simplemente la medida que ofrece el termómetro evaluativo para indicar que algo está fallando en la forma de enseñar o de aprender (o en ambas a la vez) y por tanto se debe buscar una solución a las causas que provocan estos resultados adversos.
¿Qué significa a profundidad la mencionada frase “reducir el índice de fracasos”? En el fondo se quiere decir que se debe forzar de modo artificioso el termómetro evaluativo en la educación para que la temperatura no ofrezca números rojos… pues no es conveniente para el sistema. Por tanto, el docente deberá empeñarse en proceder a estrategias que hagan más “liviana” cada asignatura, buscará exigir menos y mantener satisfechas las solicitudes de “buenos resultados”, asunto que dibujará rostros satisfechos a todo nivel, iniciando por los administrativos escolares, por los padres de familia y por supuesto, el alumnado.
A nivel de juicio ético se habrá caído en el juego que el filósofo Sartre llamaba la “mala fe”, que en pocas palabras significa eludir la propia responsabilidad y echar a los otros la culpa de todo lo que ocurre, tratando de salvar de modo falso la propia estima. Muy por dentro el educador que cae en este juego sabe que no ha cumplido con su auténtico rol y que en esta forma de transacción malévola (mejores resultados académicos y menos esfuerzo de su parte) saldrá perdiendo todo el mundo: la nación y el país, pues la calidad educativa se adelgaza paulatinamente y por ello no habrá en lo sucesivo profesionales capaces para llevar adelante la grave empresa de impulsar el destino histórico de Panamá; también las comunidades y sociedades locales, pues el vicio de la apariencia prevalecerá sobre la autenticidad, y al final las unidades familiares y sus sujetos, ya que una mala educación no puede producir buenas personas.
¿Qué o quién podría revertir esta expresión tan nefasta para la educación, y, en lugar de reducir el índice de fracaso, pensar más bien en aumentar la calidad educativa aceptando de antemano que no todos pueden obtener las mismas cuotas de éxito en el empeño educativo? Seguramente, será alguien que ame sinceramente a Panamá.
El autor es docente universitario.
