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Validación social

Entre el ruido digital y la búsqueda de aprobación: la doble vida digital

Ser joven en esta época es vivir con el teléfono siempre en la mano y la sensación constante de que todo sucede más rápido de lo que podemos procesar. Crecimos entre memes, tendencias, debates en X y “opiniones virales” que cambian diariamente. Y, aunque parezca que estamos conectados, entretenidos y “al día”, la verdad es que muchos estamos agotados. No de la vida, sino del ruido digital que no se detiene: las expectativas, la necesidad permanente de aprobación, la presión por ser alguien frente a la pantalla y la urgencia de encajar. Según el Pew Research Center, el 46% de los adolescentes reconoce estar en línea casi constantemente.

Las redes sociales nos hicieron creer que la vida perfecta es real, que si no te ves impecable, si no sigues las tendencias del momento o no opinas como la mayoría, quedas fuera del juego. Todo se mide en términos de estética, alcance y relevancia. Incluso lo más humano —nuestras inseguridades, procesos y dudas— se ha convertido en contenido. Cuando la vida se transforma en vitrina, deja de ser vida.

Internet nos educó, pero también nos desgastó. Cada vez que abrimos una aplicación, hay nuevas tendencias, nuevas reglas, nuevas formas “correctas” de ser joven. Hoy eres minimalista, mañana “clean girl, y luego algo distinto para no quedarte atrás. En el intento de seguir el ritmo del mundo, perdemos el nuestro. El algoritmo nos inunda con información no solicitada y comparaciones innecesarias. Lo peor: nos acostumbramos.

Ahí comienza el desgaste mental. El algoritmo puede imitar el contacto humano, pero nunca lo reemplaza. Cuando elegimos la pantalla en lugar de las personas, nos aislamos sin darnos cuenta. Las redes afectan nuestra salud emocional más de lo que queremos admitir. Como señala la Universidad de Utah Health, los adultos jóvenes que utilizan intensamente las redes sociales tienen tres veces más probabilidades de sufrir depresión. Un estudio de 2024 de la Universitat Pompeu Fabra reveló que las adolescentes puntúan más bajo en bienestar psicológico que los varones (2,99 frente a 3,31), debido a la mayor exposición a contenido sobre estética y validación.

El FOMO (miedo a perderse algo) nos hace revisar el teléfono cada pocos minutos, incluso sin querer. Nos volvemos dependientes. No siempre las usamos porque queremos, sino por estrés, aburrimiento o inseguridad. Son un escape fácil, pero con alto costo: el 41% de los usuarios con uso intensivo de pantallas reporta salud mental deficiente, casi el doble que quienes las usan moderadamente.

Lo más triste es que, en medio de este caos digital, muchos intentamos llenar un vacío que ni siquiera sabemos de dónde viene. Creemos que, con suficientes vistas, fotos perfectas y tendencias seguidas, esa sensación de insuficiencia desaparecerá. Pero no se va. Al contrario: crece.

¿La solución? Aceptar que no tenemos que encajar en una estética que ni siquiera existe fuera de la pantalla. Entender que nadie vive como en las fotos que publica. Y, sobre todo, aprender a encontrar equilibrio: ese punto en el que puedes usar las redes sin que te usen a ti, disfrutar sin compararte y compartir sin sentir que cada publicación es una prueba que aprobar.

Ser tú mismo suena sencillo, pero en esta época es un acto de resistencia. Significa dejar de forzarte a encajar en moldes que no están hechos para ti. Significa respirar, bajar el teléfono y volver a lo que eres fuera del algoritmo.

Nuestra generación navega en medio del caos digital, persiguiendo perfección y estabilidad. Queremos vernos bien, ser aceptados, encajar. Pero también estamos cansados. Muy cansados. Porque la mente nunca descansa: siempre hay algo más que ver, algo nuevo que imitar, algo distinto con lo que compararnos.

Aprendí algo: no vales menos por no encajar en la estética del momento. No eres menos si subes una foto que te gusta y nadie le da “me gusta”.

Tal vez no tengamos control sobre el ruido del mundo digital. Pero sí podemos decidir cuánto dejamos que entre. Y a veces, eso es suficiente para empezar a sanar.

La autora es egresada LLAC 2025.


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