Decía René Descartes que el buen sentido es la cosa mejor repartida del mundo, pues cada uno cree que tiene lo suficiente, incluso los más inconformes. Esta frase desnuda en buena medida lo que pasa cuando en este país se toca el sensible tema de la educación. Cada ciudadano se cree, se percibe y opina como si dominara el amplio y ancho caudal de variables que influyen en el mismo; y, ávido de salidas fáciles, encuentra, con irresponsabilidad y sensatez, a un culpable: el docente.
La educación es como la pobreza: causa y origen. Un fenómeno de muchos matices, tan abrumadoramente complejo que nos ha pasado, como decía Nicolás Maquiavelo, tolerando el desorden para evitar la guerra; ahora tenemos las dos cosas. Defino desorden, para el caso presente, como la pérdida de relevancia en la agenda gubernamental que ha tenido la educación, gobierno tras gobierno.
Y no es que la sociedad no tenga voz y voto en un problema que a todas luces le concierne, sino que, con el tiempo, golpeados en todos los sentidos por la banalidad de la era digital, la liquidez cultural y la civilización del espectáculo que nos retratan Zygmunt Bauman y Vargas Llosa, los padres de familia han perdido, con tristeza, la autoridad moral de los tiempos pretéritos, donde se aliaban con el maestro y caminaban contra corriente hacia un mismo propósito, superando carencias y soslayando dificultades. Cuesta creer que con menos alfabetización había más conciencia de la grandeza de la academia, y que, con la socialización del conocimiento hoy, haya menos respeto a los sagrados espacios del saber.
Por otro lado, quienes tienen en las manos buena parte de las determinantes fundamentales en este campo —las autoridades— no hacen mejor su trabajo. En los últimos años hemos visto reformas estéticas, cambios abruptos de dirección, iniciativas coercitivas y un enfoque equivocado. Siempre he creído que las soluciones no son mágicas ni sofisticadas, sino sencillas, y que los enormes problemas que tenemos, no solo en educación, sino en todos los sectores, se resuelven más con voluntad inquebrantable y honestidad a prueba de todo.
Ahora bien, todos somos protagonistas, actores y espectadores. Cuando un estudiante cuida su silla y no la raya, estudia y no se copia, construye y edifica. Cuando un docente se trasnocha planificando una clase, porque sabe que debe llegarle al alma de cada uno de sus estudiantes, y sacrifica su bolsillo para comprar material, también construye y edifica. Cuando un padre de familia que recibe una notificación por un llamado de atención hacia su hijo se pone la mano en el corazón y reflexiona sobre su rol, acudiendo con la voluntad de mejorar su crianza y escuchar, también construye y edifica. Cuando un ministro prioriza lo que debe ser, aprende de lecciones pasadas con humildad y escucha, también construye y edifica. Cuando un presidente se toma en serio el futuro del país, sabiendo que la educación es la que lo garantiza, también construye y edifica.
En el ámbito universitario afrontamos retos agudos también, situados en la mira con la próxima contienda electoral. Sin duda alguna, el método para analizar la situación debe ser el mismo: saber que soy juez y parte, actor y espectador. Ahora bien, el torneo electoral universitario tiene el reto de que, siendo la Universidad la máxima casa de estudios del país, las candidaturas han de defenderse con un liderazgo elevado, con planes de trabajo creativos pero posibles, alejándose de la demagogia y el populismo que tanto han afectado a la política del país. La educación pública de primaria, premedia y media, así como la universitaria, siguen siendo la única opción de la mayoría de los panameños. Prioricémosla, tengamos presente aquella verídica frase que dice que los países desarrollados lo son porque invierten en ciencia y educación, mientras que los pobres lo son, precisamente porque no lo hacen.
La autora es docente/Centro Regional Universitario de Veraguas, Facultad de Economía/Universidad de Panamá.


