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Entre montañas y selvas: Los cultivos que están reescribiendo el desarrollo panameño

Entre montañas y selvas: Los cultivos que están reescribiendo el desarrollo panameño
El trabajo de recolección del grano de café depende en su mayoría de manos indígenas Ngäbe Buglé. EFE/ Marcelino Rosario

En Panamá, el desarrollo económico suele contarse desde los puertos, los bancos y los rascacielos. Pero, lejos del ruido de la ciudad, en las montañas húmedas y los bosques que aún resisten, está ocurriendo una transformación silenciosa. Allí, donde el aire huele a tierra mojada y las manos campesinas conocen cada curva del terreno, el cacao y el café están reclamando su lugar como nuevos motores del país.

Todo comienza en Bocas del Toro, Darién y la comarca Ngäbe-Buglé, donde el cacao crece bajo sombra, protegido por árboles que también resguardan la vida de las comunidades. Según el INEC, Panamá pasó de producir 722 toneladas de cacao en 2018 a más de 1,200 toneladas en 2023.

Ese salto no es solo un número: es el reflejo de cientos de familias que han encontrado en este cultivo una forma de sostenerse sin renunciar a su entorno. El cacao panameño, además, tiene una particularidad que lo distingue: pertenece al selecto grupo de cacaos finos y de aroma, una categoría que representa menos del 10% de la producción mundial, pero que concentra los mejores precios y la mayor demanda internacional.

La riqueza que crece en silencio

Mientras tanto, en las alturas de Chiriquí, el café escribe otra historia. En Boquete, Volcán y Renacimiento, el amanecer tiene aroma a geisha, esa variedad que ha puesto a Panamá en el mapa mundial del café de especialidad.

Las cifras del MIDA hablan de unos 200,000 quintales anuales, pero lo que realmente importa es la calidad. En subastas internacionales, el geisha panameño ha alcanzado precios que superan los 2,000 dólares por libra en lotes exclusivos. Es un café que no solo se bebe: se celebra.

Pero detrás de estos éxitos hay algo más profundo que la simple producción agrícola. Hay territorios que están encontrando su vocación. El cacao prospera en zonas donde la pobreza supera el 50%, donde las carreteras son escasas y la vida es dura.

El café, en cambio, florece en regiones donde la montaña impone su ritmo y la agricultura convive con el turismo, la investigación y la exportación. Ambos cultivos revelan una verdad que Panamá ha tardado en reconocer: el desarrollo no puede improvisarse; debe planificarse desde el territorio.

Cacao y café: los nuevos territorios del desarrollo panameño

El ordenamiento territorial, tantas veces relegado a documentos técnicos, se vuelve aquí protagonista. No se puede hablar de cacao sin hablar de bosques, ni de café sin hablar de cuencas y suelos volcánicos.

No se puede pedir a los productores que compitan en mercados internacionales si sus caminos se inundan, si sus comunidades carecen de conectividad o si las ciudades avanzan sin control sobre tierras agrícolas estratégicas. El territorio no es un mapa: es un sistema vivo que sostiene la economía.

El aroma del progreso

En Bocas del Toro y la comarca Ngäbe-Buglé, el cacao no solo genera ingresos: mantiene la selva en pie. En Chiriquí, el café no solo se exporta: atrae visitantes, impulsa la gastronomía e inspira emprendimientos. Son cadenas de valor que nacen de la tierra, pero que se expanden hacia el turismo, la cultura, la innovación y la identidad.

Panamá tiene ante sí una oportunidad que no aparece todos los días. En un mundo que exige productos sostenibles, trazables y de alta calidad, el país posee territorios privilegiados y productores con un conocimiento que no se aprende en libros. El cacao y el café no son cultivos marginales, sino plataformas de desarrollo rural. Lo que falta es una visión de Estado que conecte estos esfuerzos dispersos.

Si Panamá decide apostar por estos territorios con inteligencia y planificación, podrá transformar vidas, diversificar su economía y construir un futuro en el que el campo deje de ser una promesa incumplida.

El cacao y el café no son solo productos: son historias, paisajes y oportunidades que el país está empezando a redescubrir.

El autor es exministro de Vivienda y estudiante de Maestría en Ordenamiento Territorial para el Desarrollo Sostenible/Universidad de Panamá.


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