Ya estamos instalados en un nuevo periodo presidencial. Es como llegar a la escuela el primer día: todo huele a cuadernos y libros nuevos, los maestros tienen ganas y los estudiantes queremos dar lo mejor de nosotros. Todos entusiasmados, todos felices por tantas palabras cargadas de buenos deseos y discursos de pronta recuperación de la bien llamada “década perdida”.
Mirando las cifras de nuestra deuda y repasando el carrusel de trampas que deja el anterior gobierno, las cosas no serán tan fáciles. Todos los bandos, de todos los colores y de todas las siglas, se han repartido nuestro dinero. Y si a esto le sumamos la posibilidad de que Benicio del beis presida otra vez la Comisión de Presupuesto, “le duela a quien le duela”, la cosa se pone muy cuesta arriba.
Por eso, ante los entusiastas de la ignorancia, que ya empiezan a reconstruir el congueo y la sinvergonzonería, tenemos que vivir estos cinco años en un estado permanente de entusiasmo crítico. Celebren que su candidato ganó, viva la democracia, pero no podemos creernos mitos y fantasmas verde oliva del pasado: después de 10 años de decadencia estructural e institucional, no podemos hacerle el juego a nadie, todos son sospechosos hasta que demuestren lo contrario.
De ahora en adelante, todos somos Tomás: ver para creer. Exijamos excelencia, nada de cheques en blanco, nada de dar la democracia por satisfecha por tener nuevo gobierno: sin sentido crítico, los entusiastas de la ignorancia habrán conseguido cambiar todo para que todo siga igual y eso solo le conviene a ellos.
No bajemos la guardia, que se note que nos importa nuestro país. Si estos cinco años se suman a la pasada década no habrá quien nos saque del pozo, habremos perdido una generación. Es bueno tener gobierno, pero es mejor que hagan bien su trabajo, para eso les elegimos y no olvidemos como ciudadanos que este país no les pertenece, aunque algunos de ellos crean lo contrario.
El autor es escritor