Actualmente, limitar los problemas del mundo a la tradicional división de derecha e izquierda me parece bastante simplista. Aún hay muchas discusiones que se mantienen en esa visión setentera que trata de separar el mundo en capitalistas y comunistas, manteniendo el obsoleto pensamiento de quienes están en la órbita de Washington o de Moscú, como los buenos o los malos de la película.
En 2022, si hay un país en el mundo alejado de los principios comunistas tradicionales es Rusia. Hoy, Moscú es la capital de una nación que funciona como una plutocracia, donde los allegados al poder y al hijo de Putin son los que reciben los beneficios. Mientras, el resto de los rusos lucha por subsistir en un sistema dirigido por mafias, magnates y oligarcas, que no tienen el más mínimo interés en lograr un reparto equitativo de la riqueza entre quienes la producen (que se supone es uno de los preceptos que pretendió instaurar Lenin con la revolución bolchevique de 1917). Tal vez lo único que queda del comunismo ruso tradicional sea el que hay un solo partido político, que no hay un mecanismo democrático creíble para cambiar a quien ejerce el poder y que los que se oponen a quien gobierna sufren extraños accidentes. Hace solo un par de semanas leí que, en lo que va del año, 14 opositores a Putin han sufrido accidentes cayéndose de ventanas. En fin, problemas de equilibrio...
Así, en la guerra de Ucrania, hay mucha gente que no tiene muy claro a quién defender. Por un lado están los rusos que, si bien son pintados como los malos en la narrativa occidental, ya no tratan de imponer el socialismo como sistema político en Ucrania. Por eso, nuestros ñángaras criollos lo único que tienen claro es que hay que despotricar contra lo malo que hacen Biden, Occidente y de rebote Zelensky, aunque no se atrevan directamente a defender a Putin. Es algo así como una guerra donde solo hay malos.
Pero Rusia no se ha limitado solamente a invadir Ucrania, “para evitar que la OTAN ponga bases cerca de su frontera”. Desde 2016, se tiene claro que han favorecido la diseminación de noticias falsas a través de redes sociales, que manipulan la forma de pensar (y de votar) de mucha gente, propiciando resultados sorprendentes como la elección de Donald Trump en Estados Unidos, el brexit en el Reino Unido y la propagación de discursos populistas que van calando poco a poco en el panorama político de los países occidentales.
En Europa, cada vez son más los partidos políticos de ultraderecha que van ganando espacios de poder con discursos basados en la oposición a la migración en todas sus formas, defendiendo nacionalismos radicales y negando las agendas que buscan consensos en temas como derechos humanos, migración y cooperación multilateral.
Además de Viktor Orbán en Hungría, quien gobierna ya hace varios años con una agenda claramente ultraderechista, en Italia acaba de ganar las elecciones un partido cuya líder, Georgia Meloni, surge de movimientos neofascistas y que se ha asociado con Matteo Salvini y Silvio Berlusconi. En Francia, el partido de Marine LePen cada vez gana más adeptos. Y siguen en Alemania Beatrix von Storch y su partido Alternativa; en España, el partido Vox de Santiago Abascal; en Suecia, Jimmi Akkesson y el partido Demócratas de Suecia, y así se siguen diseminando por Europa más y más partidos con ideas populistas y nacionalistas.
La agenda es similar en todos. Oposición visceral a la migración acusándola de quitar puestos de trabajo a los nacionales. Discriminación abierta contra la población LGTBI. Agendas claramente machistas disfrazadas en una supuesta defensa de “la familia tradicional”. Negación de los efectos del cambio climático y oposición a la evidencia científica como guía para tomar decisiones de Estado. En la delincuencia, son todos unos sietemachos que presumen de mano dura contra los delincuentes, mientras por otro lado negocian con el crimen organizado. En la economía, blanden un discurso bastante confuso donde, al mismo tiempo que proponen grandes reducciones de impuestos, prometen aumentos a las pensiones y a los programas de beneficio social como la sanidad pública o las ayudas de desempleo (pero solo para los nacionales).
En América, tenemos también los mismos discursos donde la única preocupación de los políticos es decir lo que la gente quiera oír, sin dar explicaciones sobre cómo lograr las promesas. Así, ya Hugo Chávez comenzó con un discurso populista desde hace más de 20 años y le han seguido por la misma vía los Kirchner en Argentina, Trump en Estados Unidos, López Obrador en México, Bolsonaro en Brasil y Bukele en El Salvador. Todos cortados por la misma tijera, sea el esqueleto del discurso de derecha o de izquierda.
En Panamá, ya hemos tenido gobiernos con discursos populistas y aún podemos escuchar en nuestra Asamblea cómo es muy fácil despotricar para prometer cualquier cosa, con tal de conseguir posibles apoyos electorales usando cualquier modalidad de clientelismo. Finalmente, la única preocupación de los políticos es ver cómo se perpetúan en sus cargos, para poder seguir desangrando las arcas del Estado, hasta que se acaben.
Así que, hoy día, el verdadero enemigo, más que el comunismo o el fascismo, es el populismo irresponsable que promete cualquier cosa sin medir las consecuencias que pueda traer en el futuro... Que por cierto, no pinta nada bien.
El autor es cardiólogo.
