Desde chicos, a nuestra generación nos enseñaron a competir, ya fuera en una carrera de velocidad, en la cancha de fútbol, en oratoria y hasta en los juegos florales, que estaban dedicados a temas culturales. Hoy las cosas han cambiado un poco, al menos así se ve desde mi balcón.
Pero la competencia, en aquel entonces, no era un “todo se vale”. Hoy por hoy, la franca competencia se ha convertido en una falta de valores, en especial de la honestidad y la integridad.
En el ámbito político, vemos cómo hemos cambiado de las reuniones en parques y casas de familia a la difusión de mensajes por redes sociales, donde ya nadie está seguro si lo que ve y escucha es real. Y encima, el buen debate se ha ido cambiando por la descalificación, resaltando lo malo del contrincante en lugar de confrontarlo y proponer alternativas más firmes.
La falta de valores está carcomiendo la sociedad misma, en muchos frentes y sentidos simultáneamente. En los negocios, pareciera que quien siempre lleva las de perder, lastimosamente, es el consumidor. Para poner un ejemplo, recientemente vimos a una representante de los promotores de vivienda comentando que un 2% adicional, que antes no se cobraba y ahora sí, ellos lo iban a trasladar a quienes compraban viviendas, lo que encarecería el mercado en sí.
Conversando con algunos amigos, nos preguntábamos: ¿por qué estos promotores no asumían la mitad y la otra mitad la asumiera el comprador del proyecto? A ustedes, que son realmente la mayoría, ¿les parece justo? Lo que va a pasar es que habrá menos compradores y, eventualmente, los promotores se verán forzados a subir los precios de nuevo, porque sacrificar una parte de la ganancia para el bien del negocio, ni pensarlo. A ese paso, eventualmente, se irá disminuyendo el mercado.
Así también vemos cómo la cortesía en el manejo cada día se ausenta más. Cada día se va perdiendo esa cultura de obediencia, cumplimiento de leyes y reglas, y el valor de la palabra que tanto me hablaron mis padres. Esa época en que la palabra empeñada valía más que cualquier documento escrito.
Pero, ¿por qué sucede esto? Por la falta de una real educación en valores en las instituciones educativas del país. Por la ausencia de agentes del orden público en las calles y avenidas (más allá que para poner multas en quincena). Por la falta de seguridad de castigo en los juzgamientos, sus fallos y, principalmente, en las condenas.
Para muchos es más importante la cantidad de miembros adscritos a su seguridad que la calidad de los fallos o acuerdos de pena que imponen. Para otros, es más importante tener las luces de “emergencia” en vehículos donde la ley claramente no lo autoriza, que cumplir con las funciones para las cuales fueron nombrados.
Para otros, es muy cómodo salir electo y tener acceso a nombrar a muchos de sus seguidores, en lugar de realmente cumplir con las funciones para las cuales el público los eligió.
Hay que reconocer que tenemos varios altos funcionarios que están haciendo un trabajo como el que el país necesita, defendiendo el nombre y la trayectoria de Panamá, promoviendo la inversión extranjera, tan golpeada últimamente. También hay que promover la creación de nuevas fuentes de empleo, principalmente en el área de las micro y pequeñas empresas, pues ahí radica el grueso del posible empleo en el país.
Toda esta “perorata” la traigo a colación para, sin llover sobre mojado, destacar el fallecimiento de una gran persona la semana pasada. Don Lucho Moreno trabajó incansablemente en las filas de clubes cívicos, empresariales, profesionales y en cuanto lugar le “tocaran la lata” para promover valores, que, como se habrán dado cuenta, son la base fundamental de nuestra sociedad.
Sin valores estamos destinados, en todos los sentidos, a un escabroso deterioro de la sociedad que solamente nosotros mismos, actuando de la manera correcta, podemos cambiar y volver a enrumbar al país por el camino correcto, alejado del “juega vivo”, del “mientras no me cojan es legal” y del “yo tengo un amigo que nos ayuda a resolver”.
Pero todo empieza por dar el ejemplo.
El autor es dirigente cívico y analista político.

