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¿Es posible una reforma educativa?

Lo primero que quiero dejar planteado aquí es lo siguiente: la reforma educativa en Panamá es una deuda histórica pendiente. A finales de la década de los setenta, el general Omar Torrijos propuso una reforma educativa que fue rechazada por los gremios docentes de aquel entonces por considerarla ideológica. ¿Cuál reforma no lo sería? Vista la cuestión en retrospectiva, estos mismos sectores reconocen el error de no haberla llevado a cabo. Medio siglo después, el tema retumba sobre nuestras conciencias, con la agravante de que tenemos uno de los gobiernos más impopulares de nuestra vida democrática posinvasión.

Ya hemos visto cómo el actual gobierno trató el tema sindical y magisterial: sin ningún tipo de diálogo convincente, arremetió contra estos sectores, vulnerando los derechos de muchas personas a través de detenciones, separaciones de cargo, etcétera. Pareciera que existe aversión al disenso y, la verdad, no creo posible una reforma —la que fuere— en tales circunstancias. No es posible que todas las personas estén de acuerdo y alineadas con lo que quiera el Gobierno. El disenso es parte de la vida democrática; es lo más básico en una democracia liberal. Resulta preocupante la falta de garantías mínimas.

Una reforma educativa necesita obligatoriamente la participación de toda la comunidad involucrada: docentes, administrativos, estudiantes, padres y madres, sectores empresariales; en fin, de toda la sociedad en su complejidad. No se trata de contratar a supuestos “expertos” que vengan con recetas preestablecidas a decirnos cómo debe ser nuestra educación. Por supuesto, estamos obligados a considerar los aspectos sistémicos, pero también los heterogéneos de nuestra realidad inmediata.

Como decía recientemente el maestro Gregorio Urriola Candanedo, pareciera que existen dos tipos de educación: una para gobernar y otra para ser gobernados. En nuestros países periféricos, la norma es una educación para ser gobernados. Hay que sospechar de aquellos propagandistas del mercado cuando afirman que la educación debe responder únicamente al mercado. En muy pocas ocasiones nos planteamos realmente la necesidad de formar ciudadanos libres y plenos, con la capacidad de autogobernarse y la sed de ilustrarse. Una verdadera reforma educativa pasa por ese prisma, y no por la idea reduccionista de que la educación debe responder exclusivamente al mercado laboral. La educación es para forjar ciudadanos libres.

El autor es doctor en filosofía.


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