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Esclavos sin grilletes

Los esclavos de nuestro tiempo no saben que lo son

A finales del siglo XX y en lo que va del presente siglo XXI, hemos experimentado un fenómeno tan silencioso como inquietante. Se nos ha arrebatado la libertad sin que apenas lo notáramos. Cada vez es más común ver cómo nos imponemos a nosotros mismos jornadas de trabajo excesivas y nos sumergimos, sin resistencia, en el vasto océano de las redes sociales.

Hace no mucho tiempo, los instantes de ocio eran fundamentales para el bienestar de las personas. Hoy, en cambio, el ocio ha sido satanizado. Tomarse un respiro es mal visto; dedicar tiempo al descanso parece, para muchos, una pérdida imperdonable. Nuestro día a día se ha convertido en una tormenta incesante de trabajo, horas extra interminables, pantallas omnipresentes, contenido fugaz y estilos de vida cada vez más estresantes y acelerados.

¿A qué se debe todo esto? ¿Es completamente nuestra culpa?

Es cierto que los medios de comunicación y la sociedad han sufrido profundas transformaciones. Sin embargo, estos cambios han convertido la vida cotidiana en una adicción constante al contenido breve: redes sociales, televisión, radio, relaciones personales e incluso espacios laborales donde se explota a los colaboradores con prácticas arcaicas. El resultado es una rotación constante: personas que entran y salen, una demanda que nunca se agota, dopamina en aumento y una velocidad que no se detiene.

Gran parte de esta reflexión surge no solo de mi propia adicción reconocida a las redes, sino también de un video que vi recientemente. En él, el actor Matt Damon relataba cómo la industria cinematográfica ha cambiado: hoy se exige que las películas ofrezcan acción desde los primeros minutos para captar la atención del público. Además, la trama debe explicarse varias veces, porque el espectador ya no logra mantener la concentración durante períodos prolongados.

“Se nos pide que la trama de una película se explique tres o cuatro veces en los diálogos porque la gente está con sus teléfonos mientras la ve”, explicó el actor.

¿De qué huimos?

En otro tiempo, el abuso de sustancias era una vía de escape. Hoy, las redes sociales y la tecnología cumplen ese papel, generando una dependencia creciente. Anestesían a la sociedad e impiden disfrutar del tiempo a solas. Actividades como leer, escribir, dibujar, caminar, observar un atardecer o incluso conversar se han vuelto difíciles de sostener.

Siempre un teléfono en la mano, una televisión encendida, una computadora incluso en vacaciones. El ocio se extingue, y con él, parte del bienestar colectivo. Recurriendo a la tecnología, evitamos aquello que no nos gusta de nosotros mismos o de nuestras vidas.

Para cerrar, recurro a Friedrich Nietzsche, en Así hablaba Zaratustra (De la guerra y los guerreros):

“Todos los que sois amigos de la actividad frenética sin pausa y de lo rápido, lo nuevo y lo extraño, no os soportáis a vosotros mismos y vuestra diligencia es triste afán de olvidaros de vuestra propia persona. Si tuvieseis más fe en la vida, os abandonaríais menos al instante. ¡No tenéis contenido suficiente para esperar, ni siquiera para la pereza!”

Al final, la pereza y el ocio forman parte esencial de la salud mental. Disfrutarlos no debería ser un pecado.

El autor es diseñador y poeta.


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