Desde hace una década me mudé para la ciudad de Río de Janeiro. Aquí he trabajado como profesora de idiomas en diversas instituciones educativas, tanto en comunidades muy pobres, conocidas popularmente como favelas, como en zonas de clase A, como suele catalogarse las clases sociales en Brasil. En todas, absolutamente en todas, el principal problema enfrentado ha sido la indisciplina dentro de la sala de clases.
Las escuelas de las comunidades no poseen la infraestructura necesaria para que el estudiante reciba clases, se encuentran en zonas de alto riesgo y a cualquier hora del día debido a los enfrentamientos entre la Policía y los traficantes, los alumnos y profesores son forzados a tirarse al piso en busca de protección. Así se hace difícil mantener la concentración, aparte de las terribles historias de conflictos familiares que hay detrás de cada uno de esos alumnos y que se reflejan en su bajo rendimiento. Para la clase A, a pesar de la comodidad de sus salas de clases, el profesor es visto como un empleado a órdenes de los alumnos, que no escatiman esfuerzos en hacerle saber que es su padre, algún funcionario de alto escalón del gobierno o de la empresa privada, quien paga su salario y que en cualquier momento corre el riesgo de perder su empleo, basta tan solo con que el alumno exprese su insatisfacción con una nota o con la metodología empleada por el docente.
Podemos entender que la escuela ideal no existe, a no ser que nos refiramos a la pública “Escuela Ponte” (escuela puente), en Portugal, en donde el aprendizaje y la enseñanza son un emprendimiento comunitario, una expresión de solidaridad. Más que aprender, los niños están aprendiendo valores. La Escuela del Puente no adopta un modelo de series o ciclos. Los estudiantes de diferentes edades se organizan a partir de intereses comunes para desarrollar proyectos de investigación. Los grupos se forman y se deshacen de acuerdo con los temas a partir de las relaciones afectivas que los estudiantes establecen entre sí. Según el proyecto educativo, la escuela tiene como pedagogía el “hacer el puente”, que busca la formación de personas autónomas, responsables, solidarias, más cultas y democráticamente comprometidas en la construcción de un destino colectivo y de un proyecto de sociedad que potencie la afirmación de las más nobles y altas cualidades de cada ser humano.
Para Rubem Alves, un psicoanalista, educador, teólogo, poeta y escritor brasileño, autor de libros y artículos abordando temas religiosos, pedagógicos y existenciales, además de una serie de libros infantiles, la escuela Ponte, es la ideal. Sin embargo, lo que veo en la educación es que enseñamos contenidos del pasado para posibles necesidades futuras de los alumnos. Pero los alumnos de hoy quieren satisfacer sus necesidades inmediatas. El problema es que, satisfaciendo las necesidades del ahora, quedamos atascados en el presente.
Respeto la sabiduría de Rubem Alves sobre la escuela ideal. Pero siento la necesidad de exponer algunas observaciones sobre la escuela real.
Primero: todas las teorías sobre educación se refieren al alumno en el singular, pero el proceso ocurre en el colectivo. No es posible atender a necesidades individuales en un sistema colectivo. Un ejemplo (entre varios que he presenciado en estos 10 años en la sala de clases) fue el de una alumna que me preguntó sobre la vida en Europa. Yo le expliqué todo lo que sabía, basado en lo que he leído y en mi propia experiencia y la alumna quedó impresionada. Después me cuestionó sobre el porqué de tantos contenidos aburridos y no de contenidos interesantes como el que le acababa de enseñar. Pero más de la mitad de la sala no se interesó por el contenido. Lo que es interesante para uno, no siempre es para el otro. Para atender el idealismo de la atención personalizada al alumno, tal vez el aula debiera ser como un consultorio médico. ¡Entrará uno a la vez!
Urge que seamos motivadores, innovadores, conscientes de lo que está ante nosotros. Una gama de situaciones que impregnan el cotidiano de nuestros educandos, sobre todo, las tecnologías, las redes sociales, y “x” otras fuentes que necesitan ser diligentemente apropiadas por nosotros los educadores.
El autor es periodista y docente