Con el comienzo del nuevo gobierno, el país entero se prepara para recibir nuevos responsables de la cosa pública. La incógnita aquí es: ¿Asumirán los retos que se les presentaron incluso antes de iniciar su cargo? Somos conscientes de que uno de esos desafíos es la calidad y la pertinencia de la educación, así como la desigualdad.
Aunque el foco principal es la calidad y pertinencia de la educación, es imposible referirse a este tema en nuestro país sin mencionar la desigualdad. Mientras que en las escuelas urbanas se abordan temas como la educación digital, la inteligencia artificial y otros avances de vanguardia en la era de ChatGPT, aún existen muchos lugares, especialmente en las comarcas, donde los niños deben arriesgar sus vidas para aprender a leer.
Enterarse en las noticias del fallecimiento de un niño que muere ahogado al intentar cruzar el río Sami después de cobrar su beca es desgarrador. Se pierde una vida de manera inútil, y se truncan muchos sueños e ilusiones. Aún más difícil es volver a leer una noticia similar una semana después. ¿Será que nuestros gobernantes no se enteran? Cabe destacar que este tipo de titulares no es algo de ahora, sino de siempre.
Aunque son los niños, niñas y jóvenes de las comarcas los que viven a diario una educación insegura y desigual, hay provincias como Darién, que han sido olvidadas y cuentan con una educación carente en materia de digitalización.
Son tantas las posibilidades que se tienen al tener una educación plenamente digitalizada, que duele que todas estas oportunidades que pueden tener estos jóvenes para aprender se pierdan. Es evidente la necesidad de mejorar gran cantidad de infraestructuras de las escuelas y también de muchos colegios. Sin embargo, ¿de qué vale invertir millones de dólares en infraestructura educativa si muchos niños aún deben arriesgarse para aprender, simplemente porque están más alejados de las zonas urbanas?
En un mundo altamente conectado, en Panamá, con uno de los mayores Producto Interno Bruto (PIB) de Latinoamérica, hay recursos para poder ofrecer una educación segura y con equidad a todos los niños. A menudo miramos para otro lado y también nos convertimos en parte del problema al no aceptar que cada día hay niños que se enfrentan a muchas dificultades solo para recibir un par de horas de clases.
Hoy en día es factible conectar una comunidad en una zona apartada con un dispositivo Starlink y poder enseñar sin estar presente. Es que, además, existe la posibilidad de desarrollar proyectos totalmente paralelos que se beneficien de forma sinérgica como, por ejemplo, el proyecto de la Secretaría Nacional de Energía conocido como Operación Solar. Garantizar el acceso a energía eléctrica en estas áreas apartadas y digitalizar algunas formas de enseñar en estas zonas, es un ejemplo del aprovechamiento que le podemos dar a las tecnologías de vanguardia para ofrecer una educación segura y de calidad.
Después de la pandemia de la covid-19, muchos países en todo el mundo han adoptado rápidamente modelos digitales para seguir impartiendo clases. Abundan empresas que implementan modelos híbridos o de trabajo no presencial. Nosotros seguimos creyendo que es necesario estar presentes en un aula de clase para poder aprender. Con todo lo vivido en la pandemia seguimos sin adoptar un estilo de vida que llegó para quedarse y que, además, puede ser parte de la solución a la desigualdad educativa.
Para desarrollar un modelo educativo menos desigual y más seguro, es necesario reorganizar las finanzas públicas. Esto implica un modelo de inversión que no solo no olvide a la educación, sino que garantice inversiones eficientes. Se hace imperativo que para que la educación sea segura para todos también se debe invertir en vías de acceso.
En esta etapa, junto con el nuevo gobierno, es crucial comprometernos más con una política pública que garantice una educación pertinente y de calidad, segura para todos los estudiantes. Es inaceptable que haya que arriesgar la vida por ir a la escuela.
El autor es egresado del Laboratorio Latinoamericano de Acción Ciudadana 2023.
