Reflexionemos sobre nuestras vidas y nuestra sociedad. ¿Nos estamos convirtiendo en robots acelerados que no se detienen a vivir a plenitud su humanidad? Humanidad que necesita ser escuchada, atendida, validada y respetada, que en los momentos en donde la vida toma su pico más complicado, podamos compartirla, hablarla y respetarla con otros sin temor a ser juzgados, rechazados o desplazados por quiénes somos, por nuestra situación económica, por nuestros gustos, por nuestra fe, por nuestro tono de piel, por amar a quienes amamos, por pensar de forma diversa, por ser de un sexo o de otro, o por cualquier otra condición que nos haga sentir y ser quienes somos.
Hoy, gracias a las luchas que nos han precedido, podemos ver frutos de libertad y de paz para grupos que históricamente han sido discriminados y marginados. Aun así, existe una necesidad latente por construir espacios seguros en los que las personas podamos ser quienes somos , y expresarnos con libertad. Necesitamos espacios en los que se proteja la dignidad de las personas, en los que se respete la diversidad, cualidad inherente a la sociedad mundial desde el principio de la historia.
Los espacios seguros son lugares en los que podemos tener una voz libre y compartir con los demás nuestras experiencias, situaciones y soluciones a temas concretos que son de importancia y que pocas veces abordamos debido a los paradigmas sociales. Como humanos, es necesario encontrar espacios en los que nos recuerden que no estamos solos en nuestras guerras; que hay otras personas pasando por situaciones parecidas; y que, al hablar libremente de estos temas, podemos encontrar las fuerzas, el apoyo y también la guía para hacer frente a los retos de la vida.
Un espacio seguro, según el informe de lecciones aprendidas de la Red regional de espacios seguros de la Oficina del alto comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) de 2018, es “un tipo de espacio físico o móvil donde grupos o personas pueden sentirse ‘seguras’, construir redes sociales, expresarse y entretenerse mientras reciben información y acceden a servicios de protección y asistencia de acuerdo con el enfoque de edad, género y diversidad, el enfoque centrado en la persona sobreviviente (…)”
Como ven, en estos espacios podemos hablar libremente y sin prejuicios sobre sexualidad, acoso, violencia, racismo, xenofobia, educación, religión, discapacidad, pobreza, etnia, culturas, diversidad y hasta de política. En fin, en ellos podemos dejar florecer nuestra humanidad sin miedo o vergüenza. Muchas veces, sin darnos cuenta, podemos ser constructores y defensores de espacios seguros para nuestra familia, amigos, vecinos, compañeros de trabajo. Imaginen por un momento una sociedad en la que se respete la diversidad y la vulnerabilidad humana: sería un lugar en especial en el que podríamos desarrollarnos holísticamente sin vergüenza. Para llegar ahí debemos empezar por construir estos espacios seguros, primero, dentro de nosotros y, luego, en nuestra comunidad. Así, podemos contribuir al cambio de paradigmas sociales y a ganar la lucha por la dignidad humana.
Según Unicef, algunos consejos para iniciar un espacio seguro incluyen encontrar un lugar en donde puedas hallar armonía, tranquilidad, que sea accesible para todos. Intenta que sea un espacio en el que pueden estar seguros para expresarse y participar, porque las emociones son validadas y respetadas. Sé consciente, con el propósito de entender y empatizar con la perspectiva de los demás. Y, por último, asegúrate de que la participación sea activa, sincera y expresiva. Ofrece la oportunidad a las personas de expresarse y participar.
Nunca es tarde para ser un agente de cambio y construir una mejor sociedad. Involúcrate. ¡Que viva nuestra humanidad!
El autor es participante del Laboratorio Latinoamericano de Acción Ciudadana (LLAC) 2021
