Después de una campaña polémica, España acudió a las urnas este pasado domingo 23 de julio para elegir gobierno, y lo ha hecho dejando un virtual empate técnico, ya que ni el bloque de derecha ni el de izquierda tienen garantizadas la posibilidad de formar gobierno.
El Partido Popular, a pesar de haber ganado las elecciones, no cuenta con los apoyos parlamentarios necesarios para gobernar (la mayoría absoluta es de 175) y el PSOE, que gobierna en una coalición, tendrá muy difícil satisfacer a sus posibles variopintos socios para que le faciliten la investidura.
España vuelve a su laberinto: por un lado, la muy difícil reedición del gobierno multicolor y el del ¿qué hay pa’ mí? a la española, que parece muy representativo y diverso, pero que no es más que el triunfo de las minorías independentistas y nacionalistas que están dispuestas a poner precios políticos altos para facilitar la gobernabilidad del presidente Pedro Sánchez. Por el otro lado, como ya ha advertido Alberto Núñez Feijóo, ganador de las elecciones, se presentará a la investidura, aunque por aritmética le falten los apoyos necesarios.
Tan legítimo será que gobierne el perdedor de las elecciones, el PSOE (nunca ha ocurrido en democracia) como que lo haga la fuerza más votada, el Partido Popular, que reclama hacerlo porque es lo justo, aunque ya no se trata de ganar elecciones, sino de sumar, pero lo malo de lo que se suma es en qué nos sume: en un verdadero laberinto de difícil resolución y efectos nunca antes vistos.
Veremos hacia dónde va España. No hay que descartar, si los números no salen, repetir las elecciones generales, lo que suele debilitar el ánimo y la movilización del electorado. Vienen días de frenéticas negociaciones, y el deseo de todos es que salga reforzado en el ciudadano, el conjunto de la sociedad y la democracia, que, aunque sea imperfecta, nos ha dotado de una paz social que debemos seguir cuidando sea como sea.
El autor es escritor
