El mundo está patas arriba, sumido en una mezcla explosiva de desigualdad creciente, corrupción rampante y una pérdida de confianza en los líderes políticos. Por donde uno mire, hay protestas, inestabilidad y descontento social. Hong Kong, Líbano, China, el Brexit, Cataluña, Yemen y Estados Unidos, están todos viviendo protestas contra el status quo.
Y Latinoamérica no escapa a la revoltura. México fue arrodillado por el narcotráfico, Venezuela sigue en sus ya comunes protestas, Ecuador tiene un presidente destituído, Perú tiene una Asamblea destituída por el presidente y viceversa, Bolivia protesta porque Evo quiere robarse las elecciones y Argentina votará en una elección que merecen perder los dos candidatos.
Pero lo más sorprendente han sido las protestas en Chile, después de la subida del pasaje del metro. Nadie esperaba que el país ejemplo para América Latina, con envidiables indicadores económicos y sociales, llegara a ese nivel de violencia y represión. Por supuesto, después de una semana, la forma más fácil de explicar lo ocurrido, parece ser bajo la setentera lectura binaria, propia de la Guerra Fría. Fiel a esos principios, las derechas acusan a Cuba y Venezuela, mientras las izquierdas responsabilizan al neoliberalismo, el poder económico y Estados Unidos.
Encima, las redes sociales amplifican tremendamente esa visión tan simplista como incompleta ante un problema de origen social. Un porcentaje no despreciable de chilenos considera que los números de alto producto interno bruto, coeficiente de Gini aceptable y crecimiento económico constante, son inútiles si sus necesidades básicas no están cubiertas. De allí que lo de la tarifa del metro no fuera más que la excusa para volar el polvorín.
Pero aún hay otro elemento. No olvidemos que el 11 de septiembre de 1973, a Chile le amputaron su historia. Augusto Pinochet dio un golpe de Estado a un presidente elegido democráticamente, e instituyó una dictadura militar de mano dura, que produjo más de tres mil muertos y desaparecidos, adoptando un modelo económico que ayudó a generar esos indicadores que hacían de Chile un “oasis” entre los países latinoamericanos.
A pesar de toda esa bonanza, Chile ha elegido a más gobiernos de izquierdas (agrupados en la Concertación) que de derechas. Es uno de los pocos países donde hay un Partido Comunista organizado bajo ese nombre, y su política tiene una profunda estructura ideológica. A pesar de que los muchachos que han causado injustificados destrozos, no habían nacido cuando gobernaba Pinochet, es muy probable que crecieran en familias en las que la dictadura fuera una referencia constante. Hoy, ya adultos, ven la oportunidad de luchar contra una desigualdad que es la verdadera causa del descontento, aunque muchos prefieran endilgarla a “agitadores venezolanos”.
Seguir acusando a los de la acera de enfrente de lo que ocurre, no resuelve nada. Hay que mirar lo que pasa en la calle donde se dan las condiciones de la inconformidad social.
Chile es un país con una economía pujante, con una tremenda desigualdad, con un sistema de pensiones en crisis, donde casi todo está privatizado, con un costo de la vida muy elevado y con una constitución militarista llena de remiendos. Si los panameños no vemos las similitudes, estamos siendo muy irresponsables. Y encima, nosotros tenemos algunos condimentos adicionales. Una institucionalidad muy débil, una justicia eunuca, un nivel educativo precario y una corrupción normalizada tanto pública como privada. Así que vayamos preparándonos para lo que puede pasar si no corregimos el rumbo.
El autor es cardiólogo