Con frecuencia observamos en los medios de comunicación las distintas situaciones que se siguen dando en el recorrido que realizan miles de personas migrantes por la selva del Darién, a pesar de que es conocido a nivel internacional lo peligroso e inhóspito que resulta la travesía por esta selva.
Es un recorrido que realizan familias completas, personas adultas mayores, mujeres embarazadas, niños, niñas y adolescentes que en muchas ocasiones viajan sin acompañantes o pierden el contacto con sus padres. En fin, la cara de la migración no es solo una; las razones detrás de la migración son muchas. Detrás de cada paso de la persona que decide salir de su hogar, dejar a su esposa, padre e hija, dejar atrás su entorno social, su casa, lo hace -primero que todo- con la esperanza de encontrar un lugar que le brinde lo que en su país no se le garantiza: seguridad, oportunidades, servicios básicos mínimos, un mejor futuro y la paz que tanto requiere el ser humano.
Estas personas dejan también abandonado sus proyectos de vida, a sabiendas del riesgo que representa adentrarse a esta travesía, pero sus motivos están por encima del miedo y del peligro que representa no poder pasar con vida. Sus motivaciones son suficientes. Son personas en su mayoría perseguidas, violentadas; viven en constante amenazas, han sido objeto de injusticias en sus países o sencillamente no cuentan con la oportunidad de poder ganarse la vida dignamente, por lo que toman la difícil decisión de salir y arriesgar sus vida con la esperanza de encontrar el famoso “sueño americano”, un sueño de libertad, de oportunidades y mejores días, no solo para quien sale, sino también para sus familias.
La migración debe atenderse de forma transversal, entenderse de forma humana y sensible. Si nuestros países siguen en crisis social, política y económica, en donde las agendas sociales se mantienen en segundo y tercer plano y las necesidades de su población se incrementan, aunado a la crisis mundial a consecuencia de la covid-19. Seguirá la desesperación apoderándose de las personas y no habrá forma alguna que detenga esa eterna caravana de corazones latiendo con la esperanza de encontrar un mejor futuro.
La política migratoria debe estar dirigida a fortalecer las capacidades de atención integral e interdisciplinaria a las personas migrantes. En este sentido, sobre Panamá pesa una sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, en el caso Vélez Loor vs. Panamá (excepciones preliminares, fondo, reparaciones y costas), de 23 de noviembre de 2010, que entre otras cosas, ordena al Estado de Panamá la implementación de un programa de formación y capacitación sobre los estándares internacionales relativos a los derechos humanos de las personas migrantes, garantías de debido proceso y la asistencia consular, dirigido a los servidores que tratan con los migrantes (Servicio Nacional de Frontera, Ministerio Público, Órgano Judicial, Migración, Ministerio de Salud, etc.) y la obligación de iniciar investigaciones de oficio, siempre que exista una denuncia o el indicio de un delito.
Mínimamente, Panamá debe crear las mejores condiciones para que quienes crucen nuestro territorio, lo puedan hacer de la forma más segura posible, recibiendo las atenciones humanitarias que requieran y, sobre todo, con el trato digno y respetuoso a que tiene derecho todo ser humano.
Recientemente, las autoridades del Servicio Nacional de Fronteras reportaron en los medios de comunicación local que, hasta la fecha, 26 personas han sido encontradas muertas (estas fallecen ahogadas intentando cruzar los ríos), que no existen fosas comunes y que los cuerpos son enterrados en las comunidades cercanas. Señalan que, este año, al menos 17 mil menores de edad han cruzado la selva y que, de este grupo, 303 son adolescentes que no estaban acompañados y 129 menores de edad que siguen la trayectoria porque sus padres han quedado atrás.
Seamos solidarios con esos corazones llenos de esperanza y proporcionemos como Estado todos los recursos que sean necesarios para que esos “sueños de un mundo mejor”, puedan ser encontrados por esas personas que, a pesar de todos los riesgos, siguen teniendo muchas ganas de vivir en un mundo en paz.
La autora es abogada defensora de derechos humanos.
