EL MALCONTENTO

Las cuatro estaciones: Paco Gómez Nadal

Las cuatro estaciones: Paco Gómez Nadal
Las cuatro estaciones: Paco Gómez Nadal

Hay lecturas que a uno lo sumergen en un estado de shock. Recuerdo la primera vez que me enfrenté a Kafka y a su compleja percepción de lo real. O cuando me golpeó el primer poema de Bukowski. Brutal… Las crónicas escritas en Estados Unidos por Martí fueron iniciáticas y la historia de El Caribe, de Juan Bosch, fue un parteaguas para mí. Últimamente, las dos entregas de Charles C. Mann sobre las Américas (1491 y 1942) lograron cautivarme hasta el tuétano, y un poemario inédito de Juan Manuel Roca me ha reconciliado con la posibilidad de ser nadie.

Pero, les voy a ser sincero: la lectura que me ha sumido en un estado febril de difícil descripción no iba a bordo de un libro, sino en las páginas de un periódico. Se trata de una entrevista a la presidenta de la Cámara Panameña del Libro, la empresaria del libro Orith Haratz de Btesh.

Tiene lógica que sea entrevistada unos días antes de que se inaugure la Feria del Libro porque se supone (y enfatizo, se supone) que algo tendrá que decir sobre el sector. Pero la entrevista, disponible también en redes, se convierte en una especie de diálogo con Groucho Marx en uno de esos días en que el genio desplegaba todo su absurdo para reflejar las contradicciones de esta extraña sociedad que habitamos. Hubiera preferido que la señora Orith fuera Harpo y no Groucho, al menos sus silencios la habrían dignificado y me hubieran ahorrado la experiencia.

Fíjense en el complejo análisis de la dueña de El Hombre de la Mancha de las razones por las que los panameños leen “uno o menos de un libro” al año. “Vivimos en un país tropical, esa es la diferencia entre el trópico y un país con cuatro estaciones. Eso motiva a la gente a salir, a la rumba, a no quedarse en casa leyendo. El calor te da un periodo de concentración más corto. Pero yo siempre tengo la esperanza de que aprendamos a manejarnos con el clima”. Es decir, no leemos porque no estamos acostumbrados al calor y Tomás Miró, Amelia Denis de Icaza, María Olimpia de Obaldía, Rogelio Sinán, Benjamín Ramón, Consuelo Tomas o Lucy Chao deben haberse criado en un simulador de estaciones que les permitió leer para después escribir.

Bajo la lógica de la directora de la Cámara Panameña del Libro, países tan literarios como Cuba, Nicaragua o México deben ser rarezas mundiales porque, a pesar de no tener estaciones, han cultivado la lectura y la producción escrita. Oiga usted, rarezas de países consagrados a la rumba, excepciones a la regla. Lezama Lima o Carpentier debieron concentrarse un poco más que la media y la Feria del Libro de Guadalajara debe regalar confites con los libros para que se vendan tantos y para que los mejores autores se disputen un espacio en la programación.

Les recomiendo la entrevista porque nos explica muchas cosas sobre la feria del libro que hoy arranca. Bajo la lógica de esta señora, el libro no es para los pobres (“La gente de escasos recursos primero piensa en lo obvio, la canasta básica, el transporte, etc.”), pero tampoco sirve para que alguien como ella se pueda mantener (“Vender libros no es para mantener una familia de un estatus medio alto porque los márgenes son muy pequeños, muy limitados…”). Y, tal y como nos anuncia, se va a permitir hacer varias sugerencias al gobierno para terminar con este estado de cosas.

Ella sabe que, según afirma, “no es lo mismo entregar dinero al pobre si no lo educas y no le das las herramientas para salir de la pobreza”. Por eso yo la apoyo y animo al gobierno que le dé las herramientas: Varela debe cambiar el proyecto de “una casa-una letrina” por el proyecto innovador “una casa-cuatro aires acondicionados”. Fíjense en las bondades de esta propuesta que seguro que la Cámara Panameña del Libro apoyaría: la gente no saldría de casa y se fomentaría el consumo de cobijas; se tendrían que construir varias centrales hidroeléctricas más para suplir la energía necesaria para que el país tuviera, al menos, dos estaciones (la fría y las del metro); aumentaríamos significativamente el tiempo medio de concentración de los panameños más humildes y, de paso, reduciríamos los trancones para que la gente de estatus medio alto pueda disfrutar de la capital y del país a su antojo.

Si el ahora vilipendiado Ricardo Martinelli creyó ver en la Cadena de Frío la solución para todos los problemas del país, ahora descubrimos que el frío era solo una parte del problema. La ausencia de cuatro estaciones explica ahora la baja lectura, el poder imperial de Europa, primero y Estados Unidos, después, el poderío intelectual francés, la estirpe filosófica alemana (pensante de tanto tiritar), o la triste –pero concentrada– creación poética portuguesa.

Hay lecturas que te sumergen en estado de shock y de algunas uno nunca se recupera. Que Manuel Zapata Olivella, Eugenio María de Hostos, Alfonsina Storni y Miguel Ángel Asturias vengan a mi rescate y me enseñen el misterio de la lectura en el delirio tropical, encharcado de calor, ron y enajenación.


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