La semana pasada, The Economist hizo un análisis en su canal de YouTube sobre las recientes manifestaciones en París. Concluye que las protestas que empezaron como una respuesta ante aumentos en los impuestos del diésel, han evolucionado en una violenta catarsis popular ante el estilo personal del presidente Emmanuel Macron. Existe la percepción de que Macron es un “presidente de los ricos” y que hasta le genera desdén la “gente común”.
Algunos han identificado paralelos a la Francia de los años 1700. Durante el reinado de Luis XVI, ante la falta de pan en las clases bajas, María Antonieta exclamó, “qu’ils mangent de la brioche!” (que coman pasteles), desconocedora y/o indiferente a las vicisitudes de los más pobres. Parece que el impuesto -que por presión Macron tuvo que revocar- fue la gota que rebasó el vaso para los franceses, como los lujos de la realeza francesa del siglo XVIII catalizaron la revolución.
Sin embargo, es injusto pensar que Macron es ignorante o apático de la realidad popular. Él ha impulsado reformas que directamente benefician al pueblo francés, mejorando el sistema de salud con una inyección de 400 millones de euros ($452 millones), reduciendo el desempleo en los jóvenes 25%, según Forbes, y poniendo en marcha un plan que contempla 8 billones de euros ($9 billones) para sacar a aproximadamente 8.8 millones de franceses de la pobreza. El impuesto al diésel era una medida para incentivar la transición a fuentes más renovables, una necesidad crítica.
Estas políticas son pragmáticas. Buscan reactivar la economía, disminuir la pobreza, reducir emisiones. Pero, el centrismo de Macron, su discurso intelectual y la determinación de ejecutar ideas basadas en la razón, proyectan una imagen monárquica, elevada y aparentemente “apartada de la realidad”. El hecho de que existe una comparación entre Macron y los antiguos monarcas franceses significa que reina la desinformación y la poca voluntad de hacer sacrificios temporales para el beneficio individual y colectivo a largo plazo. Si un político opta por la intelectualidad sobre el populismo, es un elitista. Si es un agitador de miedos que hace eco de nuestras opiniones, es la panacea a todos los problemas.
Observando los últimos años, es evidente la preferencia hacia caminos populistas, nacionalistas y hasta intolerantes alrededor del mundo: Orbán, brexit, Trump, Duterte, Bolsonaro. Incluso en Panamá, elegimos en 2009 a una promesa populista que con un “verdadero cambio” transformaría el sistema.
Tenemos la oportunidad de dar un revés a esta tendencia en las urnas, como lo hizo Macron en 2017. En mayo, tenemos que ser la mayoría los que elijamos razón sobre populismo. Porque vale la pena luchar por la razón y el pragmatismo.
Dijo Richard Nixon que “la nación necesita serenidad más que llantos de clarines, inteligencia más que carisma y un sentido de historia más que un sentido de la histriónica”. La audacia de pensar y el valor de tomar decisiones correctas es lo que las democracias necesitan. El mundo necesita más líderes como Emmanuel Macron.
El autor es licenciado en comunicación, retórica y relaciones internacionales
