Dice José Ramón Ayllón en ese buen libro Ética razonada que todos queremos ser felices, pero el mal nos esclaviza. Esto nos hace pensar profundamente en algo: si todos aspiramos a la felicidad, a vivir bien, ¿por qué no asumimos más responsabilidades para lograr esa meta?
Con una modesta vida ética, que no una vida moral extrema, podemos construir un país más amigable y reclamar a los gobiernos la calidad de vida que merecemos.
Si llegáramos a tener los líderes políticos soñados con todas las nobles virtudes que les exigimos como ciudadanos -pensemos en un gobierno utópico realizable-, ¿seríamos realmente felices? Cuando se vive en democracia, eso que llamamos libertad, pensamos que somos felices porque hacemos lo que nos viene en gana. Esa es una mentira.
¿Por qué no dejamos de hacer las cosas que realmente nos hacen menos felices? ¿Por qué no dejamos de tirar basura, conducir por los hombros, serruchar al compañero de trabajo, comprar cosas robadas, cobrar sin trabajar, beber licor o usar el celular manejando, etc.? Respuesta: elegimos el mal porque tiene menos compromiso.
En la vida cotidiana, sin darnos cuenta, tomamos decisiones que nos acercan más a la infelicidad. Esto ocurre porque preferimos vivir sin ética. Necesitamos de la ética para vivir en sociedad. La ética nos ayuda a cuidar de nosotros y de los otros. Se puede vivir con unas simples normas que hacen posible la convivencia, pero violentamos esas reglas porque el desorden nos parece más fácil. Pensamos que la anarquía nos hace más felices. Esa es otra mentira con la que preferimos vivir.
Hace poco, en el Foro de Novela Histórica dijeron que las personas no quieren saber la verdad, sino imaginar lo que quieren creer. No queremos la verdad porque la verdad es una responsabilidad muy grande que hay que cuidar y no sabemos cómo.
Cuando alguien dijo que Panamá es el país más feliz del hemisferio nos complace creerlo. Una mentira más para fingir que somos felices sin saber que, realmente, podríamos serlo.
El autor es escritor y promotor cultural