Nunca entenderé por qué razón, motivo o circunstancia los analistas que estudian la competitividad de los países, nunca incluyen entre los factores que influyen sobre los resultados aquellos relacionadas con la familia. Lo más cerca que llegan en ese sentido tiene que ver con la importancia que le dan a la educación, pero esencialmente lo hacen por la vía del desarrollo de habilidades cognitivas, léase comprensión lectora, matemática y ciencias, que tiene que ver más con la educación en la escuela y no de las llamadas habilidades blandas o formas de comportamiento, que tiene que ver más con la formación desde el hogar.
Es posible que se trate de un desbalance en lo que debiera ser un estudio interdisciplinario, pero que se ha convertido en una presentación donde los economistas tienen el liderazgo, en ausencia de sociólogos, psicólogos y abogados.
Lo curioso es que todos, especialmente los empresarios, reconocemos que sin las habilidades no cognitivas que se reflejan en actitudes proactivas o negativas, ni siquiera vale la pena dar paso a los candidatos para un empleo, así tengan un voluminoso expediente de créditos universitarios con los cuales pretendan justificar las competencias que presentan cuando son candidatos para ocupar una posición en el sector productivo.
Los cuadros comparativos de indicadores de competitividad del país, incluyen los riesgos macroeconómicos y los microeconómicos, la administración tributaria, el mercado laboral, las trabas burocráticas, el crimen y la corrupción, pero nada relacionado con el ambiente familiar, los hogares estables, la desintegración familiar, el matrimonio, la cantidad de hijos, el cumplimiento de los compromisos familiares, el manejo del presupuesto familiar y el grado de participación de los padres en la educación escolar de sus hijos, todos estos factores que inciden directamente sobre la productividad del recurso humano y que por ello contribuyen a garantizar una competitividad laboral.
Ni siquiera se manejan estadísticas confiables en esta materia. Resulta difícil encontrar indicadores, posiblemente porque consideran que cuantificar conceptos sociales obliga a investigaciones que no despiertan interés en un mundo moderno obsesionado por el crecimiento económico; y si se hace, nunca aparecen los análisis que permitirían conocer la realidad y hacer las propuestas de políticas públicas para ayudar a corregir los males sociales. Violencia, droga y suicidios generalmente tienen su cuna en hogares desintegrados que no ofrecen la comprensión y atención que buscan los hijos en el calor del hogar.
En los medios de comunicación tampoco abunda la publicación de reportajes serios sobre esta realidad. El análisis financiero resulta más atractivo que el social, del cual solamente parece interesarle a los políticos, especialmente en el período electoral, para buscar el apoyo popular; o los ideólogos de las teorías exóticas que basan sus propuestas revolucionarias trasnochadas en un par de indicadores que todavía relacionan el bienestar y la pobreza directamente con el nivel de ingreso.
Lo alarmante es que al no figurar el diagnóstico, tampoco se preparan proyectos de políticas públicas orientadas al fortalecimiento de la primera institución social, y cuando estos se presentan raramente pasan el debate legislativo. Otros países, sin embargo, han aplicado normas que premian a los hogares que sirven de modelo para la formación de una juventud con valores sociales sólidos.
La Iglesia católica es la institución que históricamente ha colocado el tema de la familia en primer lugar de la agenda social como corresponde según el orden de sus prioridades. Han sido abundantes las encíclicas y los documentos que después de Vaticano II se le presentan al católico como guía para la constitución de familias estables que permitan la formación de los hijos dentro de un ambiente de amor para garantizar su progreso como personas dignas. Desde su santidad el papa León XIII con su carta encíclica Arcanum Divinae Sapientiae hasta nuestros días, los católicos contamos con claras normas de apoyo al fortalecimiento de la familia como célula dela sociedad.
Estamos en el mes de junio, reconocido como el de la familia panameña por impulso de la Iglesia católica. Ojalá la reflexión durante estos días coloque en los titulares a la familia como fundamento sobre el cual se pueda construir una sociedad más humana, más justa y más rica.
El autor es rector de la Universidad católica Santa María La Antigua