Hace unos días, una convocatoria para “farmear aura” en la Universidad Tecnológica de Panamá reunió a numerosos jóvenes, pero fue cancelada por las autoridades académicas sin que se hayan explicado públicamente las razones concretas. Poco después, los coordinadores trasladaron la actividad al Parque Urracá, donde se llevó a cabo.
Semanas antes de este suceso, un evento de cosplay y cultura geek previsto para realizarse en Penonomé terminó envuelto en una confusión pública. Algunas cuentas de redes sociales lo presentaron como un encuentro de therians; recibió una oleada de críticas y, según versiones difundidas por sus organizadores y seguidores, también amenazas. Esta actividad tampoco se realizó y nunca se aclaró si fue cancelada por decisión de sus convocantes, por recomendación policial o por alguna autoridad local.
Cada caso fue tratado como una anécdota pintoresca y no se ha reconocido cómo las reacciones a ambos forman parte de un síntoma general y preocupante. Más importante que opinar sobre si el cosplay o “farmear aura” nos parecen serios, útiles o estéticamente valiosos, la pregunta que nos sugieren es qué espacio reconoce una sociedad democrática a formas de expresión que una parte de ella no comprende.
“Farmear aura” surgió del lenguaje de internet y los videojuegos. Consiste en realizar gestos, poses, movimientos o actuaciones que proyecten carisma, seguridad o estilo y permitan ganar imaginarios “puntos de aura”. Lo que comenzó como un código compartido en el territorio digital ha llegado al espacio físico en forma de competencias y encuentros juveniles.
Aunque a algunas personas este fenómeno les parezca trivial, estamos en presencia de un necesario debate sobre derechos culturales. El artículo 12 de la Ley 175 de 2020, General de Cultura, reconoce que las personas, grupos y comunidades pueden “difundir sus expresiones culturales y ejercer las prácticas relacionadas con ellas”. La libertad cultural empieza precisamente en la posibilidad de expresarse y practicar formas de vida cultural que no necesitan autorización estética de la mayoría, de los adultos o de contemporáneos que se manifiesten de otras maneras.
“Farmear aura” es una expresión cultural juvenil emergente, lúdica, performativa, nacida en el ecosistema digital y convertida en sociabilidad presencial. La crítica hacia ella encierra una paradoja evidente: durante años se ha reprochado a las juventudes que viven encerradas en sus dispositivos móviles, pero cuando una práctica surgida en internet logra reunirlas cara a cara en plazas o parques, una parte de la población responde ridiculizando aquello que no entiende y expulsándolo del espacio público.
En el centro del ataque a esta tendencia se encuentra el adultocentrismo: la predisposición a juzgar las prácticas juveniles desde códigos adultos, como si fueran formas incompletas, inferiores o absurdas de relacionarse con el mundo. Pero también intervienen el prejuicio y el pánico moral, es decir, la tendencia a que lo desconocido se transforme rápidamente en amenaza o decadencia moral.
El episodio de Coclé exige aclarar que cosplay y therian no son términos ni prácticas sociales idénticas. Pero incluso si una reunión estuviera integrada por personas que se identifican como therians, ello no justificaría hostigarlas.
Es importante aclarar que la libertad cultural no significa inmunidad frente a la crítica. Nadie tiene derecho a exigir que su práctica guste, sea admirada o quede libre de críticas, bromas o sátiras. El problema aparece cuando la desaprobación se convierte en amenaza, discriminación o justificación de la violencia, como ha ocurrido en numerosos comentarios en redes digitales.
Y, en esos casos, las instituciones tienen responsabilidades especiales. Si existen razones reales de seguridad, pueden adoptarse medidas, pero deben ser necesarias y proporcionales. Si la hostilidad de terceros basta para impedir una expresión cultural pacífica, el intolerante termina adquiriendo un veto sobre la libertad ajena.
La diversidad cultural se pone a prueba cuando protegemos lo que nos desconcierta. Una sociedad libre debe aprender a convivir con todas las maneras con las que sus jóvenes juegan, crean, se visten, se reúnen, hablan, cantan, bailan y buscan reconocimiento.
El autor es docente universitario, investigador, gestor cultural.

