Somos un país de alto ingreso. Nuestra macroeconomía crece a niveles envidiables en la región. Tenemos un Canal ampliado. ¿Estamos preparados para los retos que representa? ¿Tenemos al capital humano para sostener este crecimiento?
Analizando el Índice de Competitividad Mundial 2018 del Foro Económico Mundial, Panamá disminuyó 14 puestos en el ranking de Competitividad Mundial con respecto al año pasado, situándose en la posición 64, siendo Chile el país más competitivo de la región, ocupando la posición 33.
El índice establece 12 pilares de competitividad que incluyen aspectos como sistemas financieros, habilidades de la fuerza laboral, capacidad de innovación y estabilidad macroeconómica.
Nuestro talón de Aquiles es el capital humano. Panamá cuenta con una media de escolaridad de 9.8 años. El desempleo ha aumentado en los últimos 5 años. Ocupamos el puesto 119 en cuanto a la facilidad de encontrar trabajadores capacitados y el puesto 91 en calidad de formación técnica.
Es claro que no es suficiente tener una macroeconomía saludable y ser un país de alto ingreso. No es sostenible nuestra aparente prosperidad si la formación de nuestro capital humano está en paupérrimas condiciones. Esto se evidencia en el índice, en las escasas habilidades de los egresados del sistema educativo y las insuficientes habilidades digitales de la población, (ocupando las posiciones 86 y 97, respectivamente).
La deserción y la insuficiente formación no es un problema de índole académico: pone en peligro la economía y la competitividad e, incluso, nuestra seguridad individual y social: el 90% de los infractores son desertores escolares.
El escenario se muestra poco prometedor para las nuevas generaciones, cuando evaluamos los resultados del Concurso Nacional por la Excelencia Educativa en el que las áreas de lenguaje y matemática tuvieron un bajón entre 2016 y 2018, hasta del 25%.
Las necesidades sociales en materia de educación son inmensurables. La ironía de la situación es que no podemos atacar la desigualdad, pues no podemos acceder a fondos de desarrollo internacional por ser país de alto ingreso y, a su vez, tener carencias muy marcadas en servicios básicos en nuestros centros educativos.
No podemos permitir que nos sigan robando el futuro. Las soluciones no solamente incluyen a nuestras autoridades educativas o a la asignación de recursos a las escuelas. Implica un compromiso de todos los actores. Incluye al Centro Nacional de Competitividad (CNC) que, desde el sector privado, debe liderar y orientar a la ciudadanía a revertir está tendencia hasta tú, que me lees. La solución a los retos que enfrentamos no las tiene el presidente o los ministros: la tenemos todos. Involucrarse no es una opción, es una necesidad urgente. No podemos seguir caminando por el filo de la navaja.
El autor es miembro de Jóvenes Unidos por la Educación.