He tenido el atrevimiento de tomar parte del título de una obra de “no ficción criminal”, escrita por el historiador y sociólogo francés Iván Jablonka, sobre el asesinato y posterior descuartizamiento de Laetitia Perrais, una adolescente de tan solo 18 años, ocurrido en Nantes. Estos últimos días las noticias nos han traído los detalles de dos crímenes ocurridos en Caracas, Venezuela, y en Estambul, Turquía. ¿En qué se parecen estas muertes? Los perpetradores las han llevado a cabo en forma tan descarada, tan brutal y de forma tan obvia, que ni se han preocupado en salvar cualquier apariencia de precedente y legalidad.
Uno de ellos es el “aparente suicidio” del concejal venezolano Fernando Albán, ocurrido el 8 de octubre cuando, supuestamente, se lanzó del décimo piso de la sede del Servicio Bolivariano de Inteligencia (Sebin), lugar en el que era cuestionado como presunto partícipe del intento de asesinato de Nicolás Maduro. Albán, quien fungía como secretario gremial del partido Primero Justicia, había sido detenido el viernes 5 de octubre. Según William Saab, el ministro chavista, la autopsia “demuestra la ausencia de maltrato previo”, y la causa de la muerte fue señalada como “traumatismo craneofacial severo”. Nadie lo cree.
El segundo asesinato es el del periodista saudí Jamal Kashoggi, antes amigo de la familia real saudita y tornado en severo crítico del heredero al trono, Mohammed Bin Salman. El pasado 2 de octubre, Kashoggi entró en el consulado saudí en Estambul, Turquía (hay videos que así lo atestiguan), para buscar ciertos documentos relacionados con su divorcio. Según las autoridades turcas, un hit team integrado por 15 miembros arribó en dos aviones para torturar, interrogar, asesinar y desmembrar su cuerpo, partes del cual fueron despachadas en un van color negro, subidas en un avión privado y llevadas de vuelta a Arabia Saudí. Previamente, Jamal se había autoexiliado hacía un año en Estados Unidos, y entre otras funciones ejercía como periodista para el Washington Post. Por lo menos en este segundo crimen podría haber un atenuante. En un artículo aparecido el 14 de octubre en The Wall Street Journal titulado “Why kill Kashoggi?” (¿Por qué matar a Kashoggi?), el analista esgrime la hipótesis de que una “caritativa” interpretación de los hechos es que todo se trataba de un secuestro, cuyo “desarrollo resultó terriblemente malo”. Este caso, según The Wall Street Journal, más que un conflicto entre un demócrata y un régimen autoritario, constituía una pelea interna. Pero entonces, uno se pregunta, ¿para qué se necesitaban 15 miembros del hit team?
Lo que salta a la vista es que los gobiernos, autoritarios, en su mayoría, han perdido toda semblanza de probidad y decencia. Tenemos el caso del envenenamiento de oponentes de Vladimir Putin en Gran Bretaña; Xi Jinping de China y sus campos de reeducación; en la misma Turquía, Tayyip Erdogan ha convertido en prisioneros a decenas de miles de sus conciudadanos. Pero el mensaje es claro y diáfano: estés donde estés…, si eres acérrimo enemigo del régimen autoritario, te encontraremos y te castigaremos.
El autor es empresario

