Un firme “¡no!” será la respuesta que daremos los panameños, respecto al último intento de parche constitucional que quieren imponernos los poderes ocultos de nuestra desigual sociedad. Esta estratagema comenzó con el gobierno pasado y ahora continúa, promovida sin empacho por el recién estrenado inquilino del Palacio de las Garzas. Para ello cuentan con el Órgano Legislativo y, maquinando sigilosamente, el Tribunal Electoral.
No nos engañan, sabemos bien qué buscan las reformas de marras: afincar en el poder aún más a los abusadores de nuestros derechos ciudadanos, promotores acuciosos de la distancia que aumenta entre ricos y pobres, ocultadores de las gravísimas deficiencias en nuestro sistema de salud, educación, obras públicas, etc., etc. Ellos callan, miran para el otro lado, ante las malas administraciones del Estado que hemos estado sufriendo por décadas. ¡Ah!, dirán los eternos cínicos y arrogantes: “si no tienen pan, buenas son tortas”. Importa poco cuándo se dijo primero; es recordado porque retrata la soberbia de los poderosos, enconchados como están en su increíble egoísmo, que no soporta que nada altere su comodidad arrellanada.
Pues no; no aprobaremos las malhadadas reformas para así mantener clara, libre de inmoralidad nuestra conciencia ciudadana. Como diría el insigne poeta José Franco: “Aún te siguen golpeando, Patria Mía / Sin embargo, mañana serás júbilo / podré mirarte alegre / oler tu casa limpia / sentir la aurora libre sobre tu patrimonio”.
Tanto hablamos de la “corrupción”, olvidando que justamente se trata de que cuando los cuerpos se descomponen, emiten una fetidez insoportable. Recuerdo al compañero canalero que cuando conversábamos sobre las terribles injusticias cometidas en nuestro país y también en nuestra Universidad de Panamá, contestaba escuetamente: “¡son unos hediondos!”. Qué gran razón tenía. La verdadera hedentina moral que emana de instituciones estatales es asfixiante, por ejemplo, los escándalos de emplanillados en la Asamblea Legislativa, quizás la entidad más desprestigiada de nuestro sistema de gobierno. Los órganos Ejecutivo y Judicial compiten fuertemente por arrebatarle el primer lugar. Recientemente se destaparon vergonzosos nombramientos de antiguos monos gordos de la dictadura militar. Ni hablar de los fallos, verdaderos desaciertos de la justicia emitidos por el poder judicial, otra entidad comprometida ante la opinión pública. Conciudadanos, una vez más es hora de que digamos, gritemos “¡basta yá!”, ante tantos desafueros, desatinos. No se trata de errores involuntarios, son prácticas arraigadas en nuestra triste historia política.
También diremos un categórico “¡no!” a cualquier forma de violencia para demostrar nuestra inconformidad ciudadana. Recordemos las honrosas manifestaciones civilistas contra el final de la dictadura militar, el pueblo ondeaba pañuelos blancos ante las tropas represoras, lo cual las enfurecía. Son recuerdos imborrables de aquellas manifestaciones cívicas, patrióticas, cuando jamás fuimos a destruir, dañar propiedades, más bien nos refugiábamos en iglesias, hospitales o hasta en residencias, apartamentos, y hasta allá nos perseguían las rabiosas jaurías lanzando lacrimógenas o arrestando para luego torturar y asesinar en las mazmorras del régimen. Un firme “no” a la patraña de las reformas constitucionales.
El autor es docente universitario