¿Qué nos dejó el Mundial? Esta es, en esencia, la inquietud que marca muchos de los programas de crónica deportiva del momento. Escuchando una de estas tertulias, el reportero a cargo planteaba una inquietud de la que quiero hacerme cargo en las siguientes líneas. El planteamiento era el siguiente: según algunas opiniones, quienes están más o menos cercanos a los eventos organizados por la FIFA saben que, detrás del telón, existe un conjunto de personalidades que manipulan el espectáculo con el fin de generar ganancias económicas a su favor, ello sin el menor escrúpulo moral. Ahora bien, ¿por qué razón los fanáticos o incluso los aficionados eventuales siguen asistiendo o viendo estos montajes que podrían ser caracterizados más como “parodias futboleras” que como auténtico deporte?
Dicho en otras palabras, ¿qué sostiene el atractivo por consumir fútbol si se percibe que detrás existe una institución cuyo interés es más monetario que deportivo? Muestra demasiado evidente de ello fue “hacer caja” con pausas comerciales que convirtieron un juego de dos tiempos en uno de cuatro etapas, o romper el reglamento que impedía participar en el siguiente partido a un jugador amonestado gracias a la solicitud del presidente de uno de los países anfitriones de la competencia. La lista de irregularidades morales podría extenderse ampliamente, pero lo importante es notar el grado de desfachatez ética implicada.
Desde la incomodidad o la descalificación ética más sobresaliente, la respuesta al afán de seguir una justa deportiva tan contaminada quizá pueda encontrarse en la estética. ¿Qué es la estética? A nivel filosófico, la estética o estimativa es una rama de la reflexión centrada en la belleza. Así, el ser humano puede sentirse cautivado por algo que es bello para su gusto, más allá de sus rasgos físicos, lógicos o morales. Es decir, un objeto bello embelesa por un “no sé qué” que arrastra más allá incluso de lo razonable.
Entonces, ¿qué puede hacer bello eso que llamamos fútbol? La respuesta está en la sensibilidad estética del espectador: al ver un partido se siente identificado con una de las cualidades humanas más admirables, la libertad. Contemplar a un jugador que pasa con el balón en medio de sus oponentes con aparente facilidad y entrega el pase preciso, o hace el gol; ver a un equipo mover la pelota por toda la cancha con sincronía y elegancia sin desgastarse excesivamente, todo ello crea la ilusión de libertad y provoca una ensoñación deportiva que hipnotiza.
Algo más a propósito de la libertad: si bien, en el fondo, todo es un juego, el espectador está convencido de que los jugadores anhelan el triunfo y se desgastan de modo pleno y total por lograr el título o la copa en disputa. Más allá de cualquier estímulo o motivación externa, juegan con libertad de motivos y, por ello, impactan al luchar por los colores de su país o club de pertenencia.
Habiendo respondido, dentro de lo posible, la pregunta planteada, propongo algo más para pensar: ¿podrá en el futuro la mercantilización extrema del deporte llegar a minar o destruir la ilusión de lo bello que aún logra colarse en acontecimientos como el Campeonato Mundial de Fútbol?
El autor es docente universitario.

