No deja de impresionar el poder del fútbol. Paraliza naciones y moviliza masas. Une a desconocidos. Levanta corazones. Deja mudo con el mayor de los gritos. Y, lo más emocionante: su potencial para cambiar el mundo. Como complemento a la educación formal, es una poderosa herramienta de cambio social.
El uso del deporte para una educación integral no es nuevo. El fútbol se distingue por su facilidad de replicabilidad, escalabilidad y su poder de convocatoria. Se conocen los beneficios intrínsecos de practicar un deporte: la disciplina, el trabajo en equipo, la salud física. Pero, ¿qué pasa cuando se va un paso más allá?
Según demuestran estudios, el fútbol, con el enfoque correcto, contribuye al aumento del interés por los estudios en la niñez, a la disminución del consumo de drogas o embarazos adolescentes y al fomento de la equidad de género y de comunidades menos violentas.
Las Naciones Unidas proclamó el 6 de abril, Día Internacional del Deporte para el Desarrollo y la Paz, afirmando que el deporte puede contribuir a “objetivos en materia de salud, educación e inclusión social”.
El fútbol puede aliviar a un niño en situaciones traumáticas, como hace Unicef en campos de refugiados; Kick4Life lo utiliza para la prevención del VIH; Fútbol Más, en Chile, consigue que ayude a generar resiliencia en los más jóvenes. En Panamá, Fútbol con Corazón desarrolla valores y habilidades para la vida en niños y niñas de 5 a 17 años a través del deporte, con un estudio de impacto de la CAF.
La neurociencia nos enseña que la diversión y la emoción son elementos esenciales para el aprendizaje. La cancha es un espacio lúdico para desarrollar habilidades y brindar enseñanzas de vida.
Imagínense partidos sin árbitros, en el que no gana el que más goles marca. Ganan valores como la tolerancia, el respeto y la solidaridad y habilidades como la autoevaluación, autocontrol o empatía. No es marcar un gol por el gol o competir sin límites, sino convivir en un espacio sano, seguro y responsable como una cancha.
La fiebre del fútbol abraza a Panamá. No hay comunidad que no tenga su equipo. Cada año, miles de niños, niñas y jóvenes acuden, eufóricos, al Mundial del Barrio. Aprovechemos esta pasión y hagamos uso de los espacios colmados de niños y niñas para transmitir enseñanzas valiosas. No subestimemos el poder que tiene un gol para educar. Hagamos que más goles consigan cambiar, no una, sino millones de vidas.
La autora es miembro de Jóvenes Unidos por la Educación