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Gabriel Lewis Galindo, el héroe que yo conocí

Un homenaje

Gabriel Lewis Galindo, el héroe que yo conocí
Gabriel Lewis Galindo.

No soy escritor ni pretendo serlo. Soy un hombre de negocios, promotor de proyectos, y esto lo escribo simplemente como lo que es: una reflexión personal sobre alguien que conocí de cerca, que fue muy cercano a mi padre y de quien escuché, de su propia boca y de la de otros, muchas de las anécdotas que aquí menciono.

Todo empezó, dicen, por un accidente. A finales de los años 60 se le averió el yate navegando por el archipiélago de Las Perlas y tuvo que fondear frente a una islita cualquiera. Pero Gabriel no era un hombre cualquiera. Donde otros hubieran visto solo un lugar para esperar el remolque, él vio lo que nadie más había visto en el Pacífico americano: playas de arena blanca, aguas de todos los tonos de azul y verde y un potencial turístico que no existía en ningún otro punto del continente. Como si fuera Balboa descubriendo el Pacífico, así vio Gabriel a Contadora.

No se lo pensó dos veces. Compró la isla y se puso a desarrollarla. En pocos años, Contadora era el destino más exclusivo de Panamá, con casino, pista de aterrizaje propia y visitantes de la talla de Elizabeth Taylor y John Wayne. Y fue hasta refugio del sha de Irán por unos meses. Su sociedad con Meliá no funcionó como él esperaba; esa empresa internacional no estuvo a la altura, pero eso no le quita mérito a la visión. Su nombre le dio fama mundial a la isla e inspiró a mucha gente, de todos los niveles, a construir allí. Y ahora, casi 60 años después de que él la “conquistara”, estamos viendo cómo por fin se acerca ese potencial que él soñó, con proyectos que están por desarrollarse a nivel turístico y residencial internacional.

Aquí es donde, para mí, se ve más claro el tamaño de Gabriel. Todos sabemos que los Tratados Torrijos-Carter se aprobaron en el Senado de Estados Unidos por el margen más angosto posible: se necesitaban 67 votos (dos tercios) y se consiguieron 68. Un solo voto de más. Eso no fue casualidad ni suerte; fue el resultado de una campaña de cabildeo feroz, cuerpo a cuerpo, senador por senador, y Gabriel, como embajador de Panamá en Washington, fue quien dirigió esa estrategia día a día.

Torrijos confió en él precisamente porque Gabriel tenía algo que pocos panameños tenían entonces: la capacidad de sentarse con cualquiera en Washington, del partido que fuera. Trabajó de la mano con Rómulo Escobar Bethancourt y Aristides Royo, quienes llevaban la negociación técnica del tratado, mientras Gabriel se encargaba de convencer a los senadores, uno por uno, de hacer lo correcto. Se recibieron en Panamá decenas de senadores estadounidenses en visitas organizadas para que conocieran el Canal y hablaran con Torrijos directamente. Gabriel promovía esas visitas y estuvo siempre presente.

En esa batalla hubo nombres que quedaron marcados en la historia: Robert Byrd y Howard Baker. Y el voto mágico que selló la ratificación, el que hizo la diferencia entre aprobar o hundir el tratado, fue el del senador demócrata Harrison Williams. Hasta el actor John Wayne, ídolo de los conservadores americanos, se metió de lleno en la campaña, incluyendo discusiones directas con Ronald Reagan, uno de los opositores más fuertes al tratado.

Todo ese ambiente hostil, con senadores que sabían que apoyar el tratado les podía costar la reelección, ya que unos veinte perdieron su puesto por ese voto, es el escenario en el que Gabriel se movía todos los días, cultivando relaciones, abriendo puertas, convenciendo. Sin ese trabajo de hormiga en Washington, sin su cercanía con Carter y con esos senadores, yo tengo la firme convicción de que ese tratado jamás hubiera pasado.

Cuando Noriega tomó el control, Gabriel no se quedó callado, y ese fue quizás el peor error que cometió Noriega en su vida: hacerse enemigo de un hombre con tantos contactos y poder en Washington. Gabriel se exilió en Estados Unidos y desde allá se dedicó a informar a todos los niveles del gobierno americano sobre la corrupción, el tráfico de drogas y los vínculos con Cuba del régimen. La CIA, mientras tanto, protegía a Noriega porque les servía de fuente de información, aunque supieran perfectamente lo que era. Eso generó una fricción real entre la CIA y el Departamento de Estado y, en esa pugna interna, la información que Gabriel aportaba pesaba del lado del Departamento de Estado.

Gabriel, junto con José I. Blandón padre, diseñó lo que se conoció como el Plan Blandón, una salida negociada para que Noriega dejara el poder y se exiliara. Noriega lo rechazó, sabiendo que, si salía de Panamá, su vida podría peligrar. Entonces prefirió quedarse, tomando al pueblo panameño de rehén para protegerse. Al final, buena parte de la información que Gabriel le hizo llegar al Departamento de Estado fue lo que inclinó a Washington a decidir capturarlo y devolverle la democracia a los panameños. Por eso digo que Gabriel, con la Cruzada Civilista, fue uno de los grandes responsables de que Panamá saliera de la dictadura.

Y estoy seguro de que Gabriel jamás imaginó una invasión como la de 1989. Lo que él seguramente esperaba era que Noriega, al verse atacado por el ejército más grande del mundo, se rindiera de inmediato, como después hizo el general Raoul Cédras en Haití, quien, ante la amenaza de una intervención estadounidense, negoció su salida y evitó una confrontación mayor. Si Noriega se hubiera rendido el primer día, en lugar de esconderse y evadir la captura durante días, ahí se habría terminado el tema sin mayores consecuencias. Pero Noriega se escondió y, en esos días de caos, ocurrieron los saqueos y las muertes que todos lamentamos. Eso no fue lo que Gabriel buscaba ni aquello por lo que él trabajó.

Con la salida de los militares y la reversión de las áreas del Canal, a Gabriel se le abrió la oportunidad de hacer realidad otro de sus sueños: convertir esas tierras en un polo de educación. Puso sus ojos en el antiguo Fuerte Clayton y de ahí nació la Ciudad del Saber, uno de sus grandes legados. Hoy es la cuna de SENACYT y de empresas de alta tecnología en nuestro país.

Pero no logró todo lo que quería. Su idea era que ahí se instalaran dos anclas fundamentales. La primera, la Universidad de las Américas, una universidad de nivel internacional con respaldo de Estados Unidos y con los mejores profesores del hemisferio. Eso se frustró porque, según entiendo, nuestras propias universidades panameñas vieron con celos la posibilidad de tener esa competencia en la emisión de diplomas, y el proyecto nunca despegó como él lo soñaba. Es una lástima, porque hoy seríamos otro país en materia de educación superior si eso se hubiera dado.

La segunda ancla era el Centro Multilateral Antidrogas (CMA), una unión de varios países latinoamericanos, respaldada por Estados Unidos, para combatir el narcotráfico y proteger el Canal. Gabriel murió sin lograrlo y quedó como tarea pendiente. Y cuando se desmantelaron las bases militares americanas en el año 2000, Panamá, sin esa disuasión que representaba tener al ejército de Estados Unidos vigilante en el territorio, se convirtió con el tiempo en un centro importante de distribución de drogas y proliferaron las pandillas. Fue exactamente lo que Gabriel había querido evitar con el CMA.

Finalmente, se logró el Acuerdo Hegseth-Ábrego, firmado en 2025 entre el secretario de Defensa americano y el ministro de Seguridad panameño, que amplía la cooperación en seguridad y el trabajo conjunto contra el narcotráfico y para la protección del Canal. Ahora, el tráfico de drogas empieza por fin a reducirse gracias a algo muy parecido a lo que Gabriel proponía.

Las memorias de Gabriel están en el libro Hasta la última gota, que leí y que me costó trabajo soltar, de lo interesante que es ver todo lo que un solo hombre, con su visión y su carácter intenso y decisivo (Bobby Eisenmann lo bautizó como “El Tractor”), pudo lograr por Panamá. Pero, más allá del libro, lo que a mí me marcó fue compartir tantos momentos con él, escuchar de su propia voz y de la de quienes lo rodeaban esas anécdotas y hazañas que uno no encuentra en ningún libro de historia. Eso es lo que a mí me hace creer, cada vez más, en este héroe nacional.

Hoy tiene una estatua en las áreas revertidas, y me parece bien, pero yo creo que su libro debería ser lectura obligatoria en las escuelas de Panamá. Porque, al final del día, y esto se lo digo a voz en cuello: Panamá no sería el mismo país si Gabriel Lewis Galindo no hubiese existido.

El autor es promotor de proyectos.


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