Pocas cosas han sido tan devastadoras para un país como lo ha sido el chavismo para Venezuela, al convertir a la nación con las mayores reservas de petróleo del mundo en una dictadura socialista. Según la Real Academia Española de la Lengua, una dictadura se define como un régimen político que, por la fuerza o la violencia, concentra todo el poder en una persona o en un grupo u organización y reprime los derechos humanos y las libertades individuales. El chavismo se encargó de legitimar su causa en nombre de la tan coreada justicia social, una causa que se intensificaba cada vez más debido a los errores políticos y económicos cometidos por el expresidente Carlos Andrés Pérez, durante cuyo gobierno se produjo el Caracazo.
Los golpes de Estado fallidos contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez le dieron el protagonismo necesario a Hugo Chávez para ir alimentando la narrativa sobre la necesidad de cambiar el sistema de alternancia del poder político entre los partidos que controlaban Venezuela y reemplazarlo por un gobierno más “allegado” al pueblo. Con el proyecto político de Chávez, el Movimiento Quinta República propuso un discurso meramente anticorrupción, adornado con populismo y con la propuesta de cambiar la Constitución de 1961 para poner en marcha lo que se convertiría en la Revolución Bolivariana.
Esa misma revolución, inicialmente acogida de manera legítima por los venezolanos que creyeron en el discurso anticorrupción de Hugo Chávez, evolucionó hasta convertirse en una de las crisis humanitarias y migratorias más grandes del continente. Hoy, tras la operación militar Resolución Absoluta por parte de los Estados Unidos, las evidencias sugieren la continuidad del chavismo, al juramentarse Delcy Rodríguez como presidenta interina de Venezuela, nublando así las posibilidades de una pronta transición hacia un futuro más democrático en el país sudamericano.
Adicionalmente, en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas se llevó a cabo una reunión para tratar la situación de Venezuela, poniendo en evidencia las fragilidades de las relaciones internacionales, incluso entre naciones aliadas, en lo que respecta a la operación militar de Estados Unidos en Caracas. Por otra parte, Nicolás Maduro se declaraba inocente y aún presidente de Venezuela ante una corte neoyorquina, creando una realidad difusa y un futuro todavía más incierto, dado que todas las cosas parecen haber cambiado para que, en esencia, nada realmente cambie.
Lo que está en juego
Durante su mandato, Hugo Chávez se dedicó a fortalecer relaciones con aliados en la región, proponiendo tratos preferenciales como petróleo a menor precio o financiamiento para exportar el socialismo chavista a América Latina. Algunos de sus aliados fueron Néstor Kirchner en Argentina, Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador y Daniel Ortega en Nicaragua. Aunado a esto, la subida del precio del crudo le permitió a Chávez impulsar aún más la expansión de su llamado socialismo del siglo XXI. Eventualmente, las deudas y la ineficiencia de la industria petrolera empeoraron la crisis venezolana, siendo el punto de inflexión la muerte de Chávez y la posterior toma del poder por parte de Nicolás Maduro.
La América Latina de la segunda mitad de esta década es muy distinta y mucho más polarizada, no solo políticamente, sino también a nivel social. No obstante, esto no significa que veremos a presidentes ideológicamente afines al régimen chavista actuar abiertamente en contra de quienes apoyan la operación Resolución Absoluta y abogan por la transición del poder a Edmundo González Urrutia. A excepción del presidente colombiano Gustavo Petro, la mayoría de los mandatarios latinoamericanos de izquierda han empleado discursos más diplomáticos para referirse a las acciones de Estados Unidos, configurando un panorama en el que se observa que gran parte de las naciones de las Américas entiende lo que está en juego para lograr una verdadera estabilización de la situación en Venezuela.
Con los anuncios de transición, la toma de posesión de Delcy Rodríguez, el control norteamericano y la ambigüedad jurídica que rodea a Nicolás Maduro, parece evidente que el núcleo del poder chavista sigue intacto, ya que ninguno de los acontecimientos ocurridos desde el 3 de enero de 2026 representa una fragmentación real del chavismo ni un desarme de sus bases como proyecto político. El chavismo, tal como ocurrió tras la muerte de Hugo Chávez, parece haber mutado y consolidado un sistema de supervivencia del poder, aun cuando quien lo encabeza ya no sea su fundador. En otras palabras, esta serie de eventos no parece haber logrado que se respete la voluntad de quienes realmente importan: los ciudadanos venezolanos, y no los miembros del Consejo de Seguridad, los aliados del chavismo o los propios integrantes del aparato de poder del régimen.
A este punto, Venezuela no es únicamente una crisis nacional, sino un espejo de la fragilidad y de los riesgos que enfrentan las democracias latinoamericanas, especialmente aquellas debilitadas por la creencia en una suerte de providencia política y por la concentración del poder en uno o en unos pocos individuos. Al final del día, cuando el poder se encuentra sobrerrepresentado en una figura o en una élite, termina imponiéndose sobre las libertades individuales. En conclusión, hoy la comunidad de las Américas se enfrenta a la decisión de optar, como naciones, por un cambio real o por la simple contención del caos, pues la historia ha demostrado que las salidas a medias solo generan mayor sufrimiento y miseria para los pueblos y fortalecen aún más a las élites autoritarias.
El autor es internacionalista.

