Hay frases que nacen del escritorio y frases que nacen de la vida. “Gobernar es educar” pertenece a las segundas. La pronunció Pedro Aguirre Cerda, hijo de campesinos de la región de Valparaíso, que aprendió desde niño que la única herencia que no se pierde es el conocimiento. Ese convencimiento lo llevó a estudiar Derecho, a ejercer como maestro de escuela antes de ejercer como abogado y, finalmente, a llegar a la presidencia de Chile entre 1938 y 1941 con una certeza que pocos gobernantes han tenido con tanta claridad: que el destino de una nación no se decide en los palacios de gobierno, sino en las aulas donde se forman sus ciudadanos.
Aguirre Cerda no era un político disfrazado de educador. Era un educador que terminó siendo político porque entendió que desde el poder podía hacer lo que desde el aula le resultaba insuficiente: cambiar las condiciones estructurales que condenaban a millones de chilenos a la ignorancia y la pobreza. Fue profesor, director de escuela, docente universitario y autor de libros de texto antes de convertirse en figura central del Partido Radical. Cuando llegó a La Moneda, no olvidó de dónde venía ni a quiénes debía servir. Lo recordaba cada vez que firmaba un decreto para construir una escuela o cada vez que defendía la educación técnica frente a quienes la consideraban inferior a la formación académica tradicional.
Durante su presidencia, Chile vivió una de las expansiones educativas más ambiciosas de su historia. Aguirre Cerda impulsó la construcción de más de quinientas escuelas primarias a lo largo del país, llevando educación a rincones donde antes solo había abandono. Pero su visión no se detuvo en los números. Comprendió que educar no era simplemente abrir puertas de edificios, sino abrir posibilidades de futuro. Por eso apostó también por la educación técnica y vocacional, reconociendo que un pueblo que trabaja con sus manos merece tanto respeto y preparación como aquel que trabaja con las ideas.
Hubo, sin embargo, otra dimensión en su proyecto educativo que no puede separarse de él sin perder parte esencial de su significado. Esa dimensión tiene nombre y apellido: Lucila Godoy Alcayaga, conocida en el mundo como Gabriela Mistral. La relación entre el presidente y la poeta no fue accidental ni puramente protocolaria. Era la unión de dos maneras de entender la misma causa. Aguirre Cerda construía escuelas; Mistral llenaba esas escuelas de alma. Él era el arquitecto de la infraestructura educativa; ella era la arquitecta del espíritu. Lo expresó ella misma con una sencillez que no admite réplica:
“El maestro es el que siembra
y nunca ve su cosecha;
da su vida por los niños
y en los niños se perpetúa”.
Esos versos no son solo poesía. Son la declaración de principios de una mujer que, antes de ser Nobel, fue maestra rural, que conoció desde adentro lo que significaba enseñar en condiciones precarias, con escasos recursos pero con una vocación inconmensurable. Su mirada sobre la educación estaba impregnada de ternura, de rigor poético y de una profunda convicción humanista. Para ella, la cultura y el arte no eran adornos del proceso educativo, sino su corazón. Cuando en 1945 recibió el Premio Nobel de Literatura, la noticia no solo enorgulleció a Chile, sino que validó ante el mundo que la apuesta por la cultura como instrumento de transformación social no era utopía, sino camino concreto.
La dupla que formaron Aguirre Cerda y Mistral, aunque nunca fue un proyecto formalmente coordinado, representó algo extraordinario: la convergencia de la voluntad política con la sensibilidad intelectual. El uno desde el Estado, la otra desde la palabra y el arte, ambos apuntando al mismo horizonte. Chile ganó con esa alianza simbólica. Ganó escuelas y ganó poemas. Ganó infraestructura y ganó identidad. Ganó presente y ganó futuro.
Aguirre Cerda murió en noviembre de 1941, sin terminar su período presidencial, víctima de tuberculosis. Murió, como tantos grandes hombres, antes de ver cumplida del todo su obra. Pero su frase permaneció. “Gobernar es educar” se convirtió en un legado que excede las fronteras de Chile y que interpela, todavía hoy, a cualquier gobernante que se pregunte cuál es la inversión más rentable para el futuro de su pueblo.
La respuesta que él dio con su vida es clara: no hay obra pública más duradera que una mente formada; no hay infraestructura más poderosa que una escuela bien plantada en tierra firme; y no hay política más transformadora que aquella que pone la educación y la cultura en el centro de toda decisión. Gobernar, en su sentido más profundo y más noble, es precisamente eso: educar.
La autora es presidenta de FUDESPA y mentora de Jóvenes Unidos por la Educación.
