Resulta muy claro: al actual gobierno nada le importa con la cultura. Un solo ejemplo, acaso el más reciente y, a la vez, el más apremiante. “El Instituto Nacional de Cultura contará en 2018 con el presupuesto para funcionamiento e inversión más bajo durante los últimos tres años. Las autoridades habían solicitado $102 millones para cumplir con todas sus responsabilidades el próximo año, pero solo lograron que se les asignaran $39 millones”, esto dice la noticia aparecida en el diario La Prensa el 25 de septiembre.
Y en cambio gastan millones en apoyar a una Iglesia católica que no lo necesita, porque para eso está sentado sobre sus inmensas riquezas el Vaticano; y a los amigos del Presidente, que bien podrían operarse sus males, o sus veleidades, por cuenta propia, sin distraer caprichosamente dinero del erario nacional, entre otras ligerezas que habrán de costarle al panameñismo las próximas elecciones. Para no hablar de las frecuentes cochinadas que se cuecen en beneficio propio con notoria impunidad en la Asamblea Nacional y en la Corte Suprema de Justicia, entidades que entre sí se protegen y solapan, como es vox populi. Sumado a toda la tapadera referente a las coimas locales de Odebrecht. La identidad de cuyos sobornados de sobra se conocen por parte del Ministerio Público, pero convenientemente se ocultan, sobre todo cuando siguen estando presentes en el ruedo político o empresarial.
Es realmente vergonzoso que a este gobierno le importe un rábano (por no decir la palabra correcta, la fuerte, la real) con la cultura. La suma asignada al INAC para el próximo año es una basura, una limosna que se irá casi todo en sueldos, una auténtica bofetada a quienes trabajamos por la cultura en este país del sancocho y la zancadilla, tan a menudo caricaturesco, tan poco serio en tantas cosas realmente vitales.
Otros ejemplos emblemáticos, entre muchos: el Museo Antropológico “Reina Torres de Araúz” lleva años cerrado; y sin concretar permanece como un espectro público siniestro lo que alguna vez se anunció con bombos y platillos como “La Ciudad de las Artes”. Pura y llana demagogia, desinterés. Vainas de gente ociosa, sin duda dicen: no son actividades que den plata. Obviamente, no tienen idea de lo que implica en realidad tener, rescatar, defender y propiciar cultura como forma raizal de ser de todo un pueblo, pero también de una suma de individuos sensibles e imaginativos dignos de apoyo.
Y pensar que el flamante actual alcalde de la ciudad, cuando era diputado de oposición, abogó por la creación de un auténtico Ministerio de Cultura, como lo tienen los más pobres países de América Latina, y que además logró para su magnífica propuesta un consenso unánime en la Asamblea, si bien la iniciativa fue “planchada” por el entonces presidente Martinelli, un hombre culturalmente ignorante pese a sus millones o quizá por ello. Y que una vez asentado el panameñismo como gobierno, todo cayó en el olvido, jamás se volvió a mencionar, y ahora el destino del INAC, cenicienta permanente de las instituciones estatales, va para peor.
En México se diría que no pocos de estos tipos no tienen madre, pero yo no llego a tanto. Sin duda la tienen, pero estas seguramente no son como ellos; mentirosos, tramposos, ciegos y sordos a las cosas que realmente construyen identidad nacional y perpetúan talento artístico e intelectual, valores, creatividad, consciencia. Si no lo fueran, el desarrollo de la cultura en Panamá, junto con la recta administración de los dineros públicos tan a menudo embolsados, serían otra cosa.
Si en este país, como parece, lo único que importa es la rapiña, la coima, el juega-vivo político, empresarial y personal, el despilfarro disfrazado de cosa digna, estamos perdidos de antemano. O le ponemos un alto a este estado de cosas, a todos los niveles, o Panamá será, más temprano que tarde, pasto seguro de las ratas. Las que llevan años royéndolo todo y parecen no morirse nunca, y las que vendrán.
El autor es escritor
