Los gobiernos son como los frenos de un automóvil que, a pesar de ser esenciales, si los aplicas en exceso el auto no se mueve. A diferencia de los frenos, el exceso gubernamental afecta a toda la comunidad. Los gobiernos jamás tuvieron el propósito o capacidad para actuar como mecanismo de producción o repartición de riqueza. La función gubernamental es la de freno delictivo y tal. Si tan solo nos diesen seguridad corporal y jurídica y respetan nuestras libertades, ello permitiría a los ciudadanos hacer lo suyo. Los gobiernos no son para alimentar a quien no trabaja y mucho menos para enriquecerlos. Y no confundamos esto con la caridad humana, actividad propia de la gente y no de la politiquería.
Nuestra triste Constitución dice que somos libres de hacer todo aquello que la ley no prohíbe; pero, qué debe y qué no debe prohibir la ley. Prohibido es matar, herir, esclavizar, robar. Pero obligar cosas como el uso de cinturones de seguridad en autos va más allá del mandato fundamental de no afectar derechos de otros. ¿Qué sentido tiene obligar al uso de cinturones a quienes van en autos particulares, pero no en taxis o buses? ¿Será que hay que cuidar al rico de sí mismo, pero no al pobre que paga por un servicio público? La verdadera y auténtica función gubernamental es la de cumplir los mandatos de una buena y escueta Constitución, y no la larga y entorchada que sufrimos; tanto así, que ni la aplican.
Nuestra Constitución se desboca dictando rumbos e intromisiones, como su capítulo X que faculta a las autoridades a intervenir en toda empresa privada con la finalidad de dictaminar un bienestar social que por ninguna parte queda definido. El supuesto de todo ello sería el de eliminar la pobreza, pero lo que no entendían nuestros constitucionalistas de la dictadura es que los gobiernos no son buenos eliminando pobreza, pero sí buenísimos creándola. Nadie sale de la pobreza con migajas de diputados, ya que esas migajas más bien son grilletes de pobreza y servilismo.
Si tan solo los gobiernos cumpliesen con lo básico, de cuidar la vida, la libertad y la propiedad, el resto sería asunto de cada uno. Y si “cada uno” no sabe o no quiere salir de la pobreza, es iluso creer que don gobierno podrá rescatarlos.
Quien no sabe producir algo carece de las herramientas para escapar de la pobreza. “Producir” se trata no solo de bienes y servicios, sino de bondades y bienandar. La otra forma de lograr ingresos es mediante el asalto, pero no llamaría a eso “salir de la pobreza”, sino más bien zambullirse en ella. Lastimosamente, buena parte de nuestros politicastros son pobres de alma y ricos creando pobreza.
No más hay que ver la cantidad de abarroterías y ferreterías de asiáticos para darnos cuenta de que nuestra gente no gusta o entiende de empresa.
En Panamá, la politiquería de arrabal ha instituido una cultura de pobreza que ha prohijado una población criolla que rechaza el mercado, el capitalismo y el empresarialismo. Luego, llegan al país emigrantes que ven esas actividades como instrumentos de riqueza y prosperan en donde zozobran los paisanos. No existe el gobierno capaz de hacer por su gente aquello que la gente no puede o quiera hacer por cuenta propia.
El gobierno desmedido prospera en relación directa con las necesidades de rescate de quienes no saben nadar o pescar. Y, por supuesto que al gemido de “¡Y ahora quién podrá salvarme!”, salta en escena el Chapulín Corruptor. El asistencialismo central, el clientelismo y la redistribución por la vía fiscal constituyen una coerción que jamás será un mecanismo adecuado para escapar de la pobreza. Todo ese asistencialismo del IMA, Meduca, Idaan y otros lo único que logra es enmascarar y mitigar la realidad, pero no curar el mal. El asistencialismo lo que hace es intensificar y prolongar el problema. Bien podemos señalar que todo el esfuerzo gubernamental para ayudar a los pobres termina logrando lo contrario.
El autor es empresario
