Nuestro puesto en el espacio y tiempo es limitado, pasajero e insignificante ante la inmensidad del universo y de la patria, que, aunque pequeña sobresale por la gracia de Dios y sus ciudadanos.
Sin pretensiones de igualado y desde la pequeñez de mi verbo, al igual que Neruda y Zola, manifiesto mi yo acuso en defensa de la patria, infamemente atacada y vilipendiada, con nombres y epítetos insultantes por actos, por particulares realizados.
Esta no es una arenga, perorata ni sermón izquierdista en defensa de un intangible que no se toca, pero que se siente y se lleva en lo más profundo del sentimiento: Panamá. Es, eso sí, un argumento razonado del porqué defender y hacer valer nuestro nombre. Más aún, por aquellos que, como yo, por patrimonio, solo podremos legar; nombre, apellido y nacionalidad.
El Canal de Panamá conecta aproximadamente el 6% del comercio mundial y en ascenso. Este solo hecho hace y hará que el mundo nos mire; ya sea para bien o para mal.
El resto de nuestra economía y luego de la rendición institucional, pasó de ser en crecimiento a subsistencia.
Nuestra aspiración de explotar este recurso natural se vio fortalecida con la declaración de la Asamblea General de las Naciones Unidas relativa a la soberanía de los Estados sobre sus recursos naturales (Resolución No. 1803 de 1962). Es la demanda del mercado internacional, la que en última instancia define el valor del recurso. El mundo nos pide el servicio de facilitar el transporte a través de nuestro territorio, aspecto que hemos sabido perfeccionar a través del tiempo, lo que a su vez nos otorga una ventaja comparativa con respecto al resto de América, y que se traduce en la acogida de hombres y mujeres, e ingentes recursos tecnológicos y financieros que naciones interesadas destinan para el establecimiento de las estructuras físicas, institucionales y organizativas, que aseguran el buen funcionamiento del transporte transístmico y sus servicios esenciales y complementarios.
Dicho lo anterior; yo acuso a todos aquellos que diabólicamente fueron artífices de la infamia que nos condenó por actos llevados a cabo por particulares y que se perfeccionaron fuera del territorio nacional.
Yo acuso a todos aquellos cómplices que por omisión o cuando menos por debilidad de carácter, son corresponsables de una de las mayores ignominias del siglo.
Yo acuso a todos los que de una u otra forma tenían en sus manos las pruebas evidentes de la inocencia de la patria, de haber echado tierra sobre el asunto, de ser culpables del delito de lesa humanidad y de lesa justicia.
Yo acuso a quienes, como yo, desde la nimiedad de nuestro púlpito social, no fuimos capaces de públicamente defender el honor patrio, abandonándola en caída libre y reverenciando a los todopoderosos dueños de una supuesta verdad absoluta, avalada por intereses sombríos que algún día la luz del sol, visible hará.
Este yo acuso, no lleva como propósito imitar el actuar de la lechera y la fábula del griego Esopo de la leche derramada, que, con el pensamiento enajenado, brincaba de alegría por aquello que aún no conseguía y el cántaro derramó y adiós, leche, dinero, huevos, pollos, lechón, vaca y ternero, que concluye el maestro indicando que: “No anheles impaciente el fin futuro: mira que ni el presente está seguro”.
El autor es miembro de la Fundación Libertad.