De todos es sabido, Panamá es un país pequeño, pero con grandes recursos; no obstante, en la sociedad nacional se siente la improvisación, la desidia, el poco interés, el desconocimiento, pero también los grandes intereses personales; todos ellos en conjunto deambulan libres y campantes por las calles de las ciudades y en todo el territorio patrio.
El país, ciudades y municipios, a lo largo de 70 años de los que puedo visualizar retrospectivamente de manera fehaciente, pareciera ser el modus operandi de distintos gobiernos de turno de aquellos entonces y hasta el presente. En términos generales, es notable la improvisación, las respuestas a quereres o caprichos personalistas o de grupos selectos; por supuesto que nunca faltan los beneficios familiares y, a veces, en cumplimiento de algunas promesas electoreras sin sentido, sin base científica o financiera alguna.
El recurso natural en esta estrecha franja de territorio del continente es suficiente y fácil de notar; es un ejemplo hemisférico de crecimiento económico y recursos financieros sostenibles y sustentables, sin olvidar lo principal, su recurso humano. Es el país con mayor presupuesto del Estado de Centroamérica para la vigencia fiscal 2025, con más de 30 mil millones de balboas, con solo 4.5 millones de habitantes; lo que produce una proyección, según el FMI, de un PIB per cápita de 19,802 por habitante. Cifras engañosas, por supuesto, pero se sitúa en los puestos más altos de América Latina en cuanto a ingreso per cápita y desarrollo.
Así, y a pesar de lo antes dicho, tenemos el país de hoy y sus pocas ciudades, salvo Colón, que fue producto de un ejercicio y modelo urbano copiado a semejanza de alguna ciudad de la gran potencia del norte; pero, al igual que todas las demás, mantienen ausencia total o grandes falencias de planificación, administración cierta y estructurada, coherente, legalizada y con horizontes inciertos; en donde la improvisación pulula y galopa de modo natural por sus calles, con los concebidos productos de deterioro, desigualdad, corrupción, delincuencia, imagen rururbana, servicios públicos escasos e inadecuados y estructuras urbanas poco dignas de ciudades del siglo XXI, no coherentes ni concordantes con la calidad de vida, el recurso y nivel económico que se muestra y se vende al mundo.
En un corto periplo doméstico realizado desde Altos del Piura en Santa Fe de Veraguas, la Costa Abajo de Colón hasta Miguel de La Borda y toda la Costa Arriba, más la Región Interoceánica, incluida la región del lago Gatún, el visitante, excursionista o investigador se percata de la inmensa existencia de recursos, que contrasta con la desidia en su uso y aprovechamiento para el desarrollo nacional. Pareciera —y surge la impresión— de que solo el Pacífico panameño, con improvisación pasmosa y notable, es el espacio nacional más apto para la movilidad Este-Oeste y otras acciones para el desarrollo del Estado; el resto del territorio pareciera no existir en las mentes de los administradores de turno (léase gobiernos).
El norte panameño es un sitio de recursos únicos, con vocación para un mundo de actividades: turismo variado, desarrollo industrial, comercial y urbano, vialidad y transporte variado y multimodal; pero allí están ociosos, abiertos al surgimiento de actividades no lícitas, porque no hay quien los cuide, los planifique, los programe… no hay proyectos ni gobierno que invierta a corto, mediano o largo plazo en infraestructura y servicios públicos, en el aprovechamiento de todos y cada uno de los recursos naturales posibles en cada municipio y rincón del país; porque pareciera mejor no hacer nada o dizque hacer, pero en los mismos lugares de siempre o en aquello que les conviene hacerlo.
La producción agrícola nacional de subsistencia se queda, se pierde y sufre el productor panameño, el hombre de a pie, el hombre del campo que ve perdido el esfuerzo de todo un año de trabajo para sobrevivir con su familia; motivado por la no existencia de simples caminos de penetración transitables en toda época del año. Aquello es el vivo ejemplo y realidad de los panameños oriundos de Altos del Piura, en el corregimiento de Altos de Santa Fe, en donde pareciera que el tiempo se detuvo, y de otros tantos lugares más de la República con similares características y condiciones.
Por su parte, la gran y significativa Región Interoceánica se quedó a la vieja usanza, actuando con la ya superada e innecesaria hoy cultura militar gringa de antaño, de espacios cerrados. Pregunta: ¿Cuánto territorio o cuánta servidumbre o derecho de vía requiere realmente hoy el funcionamiento del Canal de Panamá? La existente produce un mundo de suelo sin uso positivo, es decir, ocioso; suelos que son aptos y compatibles para el desarrollo nacional. Es una zona con grandes recursos para el turismo nacional y extranjero a gran escala y para el desarrollo de múltiples actividades comerciales cónsonas con el buen y mejor funcionamiento de dicha infraestructura; pero hay que liberar dicha región de pensamientos obtusos, chauvinistas y de intereses particulares de que solo es y sirve para pasar barcos del mar Pacífico al Atlántico y viceversa, y de que es una zona de uso restringido, como zona militar, que fue y dejó de serlo hace más de 40 años.
El Canal es una infraestructura vial que comunica a dos ciudades del país, pero no es una carretera que pueda requerir ampliaciones en el corto y mediano plazo; no es el caso del Canal de Panamá. No requiere, per se, ni requerirá de tanto derecho de vía o servidumbre para tales fines en el extendido largo plazo, porque la metodología de embalses debe ser y será superada.
Las ciudades y municipios nacionales de hoy son una pena tangible del querer de los “administradores de turno” (léase alcaldes), electos por votación popular, pero que los gobiernos —el Ejecutivo o, si existe, algún modelo de desarrollo nacional— no les suministran programa alguno; no se les capacita para ser alcaldes y, peor aún, no cuentan con un programa, una guía municipal del quehacer, de las funciones básicas que por ley y Constitución les competen y deben desarrollar, que respondan a las reales necesidades del desarrollo nacional y de cada municipio en particular. Pero, a falta de ello, se presentan allí con credenciales en mano, sin conocimiento de causa, a realizar tareas improvisadas o recogidas con suerte en un plan, su plan; herramienta inconsulta y que, en la mayoría de los casos, no coincide con las necesidades de la ciudad y menos del municipio que deberá administrar.
El Ejecutivo es caso similar al anterior, solo que a nivel macro, por lo que el impacto y efecto de su actuar es a nivel nacional, con altas afectaciones al erario público y, por ende, en el desarrollo nacional. Desde antaño, o desde siempre, da la impresión de que han dirigido al país y realizan proyectos tal vez de desarrollo a su imaginación y/o capricho en cualesquiera renglones del desarrollo nacional, algunos de promesa electorera, pero no precisamente necesidades reales o prioritarias para la nación; a expensas de aquellos que sí lo son. Pareciera que tienden y dirigen recursos indistintamente a sitios nacionales sin una visión integral de la población, sus necesidades, la geografía nacional y posibilidades de acciones de desarrollo prioritarias en cada cual; pero pareciera que sí en respuesta a deseos particulares o locales.
Lo expuesto sugiere, o podría interpretarse, que en este país nuestro sobrevive y actúa aún una especie de caciquismo solapado de varios, como sistema político-social, en detrimento de las mayorías y del desarrollo nacional.
El autor es urbanista.


