REVOLUCIóN DE VALORES

Me uno al grito de Castells (II)

En el día de ayer me referí a los valores de los últimos 200 años de nuestra historia, que han sido excluyentes para la mayoría de la población occidental y a la situación de la educación en general, para entender qué tipo de sociedades somos y entender algunas razones del por qué.

Ahora me referiré a los medios de comunicación y a la corrupción como un antivalor globalizado.

Los medios de comunicación promueven programas embrutecedores, ni qué decir de los comerciales tan sórdidos que tenemos que ver, muchos periodistas que no saben ni hablar o se proyectan como si fueran actores en una obra de teatro que día a día calan en el pensamiento de la teleaudiencia, que sin criterio por la falta de educación humanista a la que me he referido antes, se va convenciendo por insistencia de que esa es nuestra “cultura” o la que nos merecemos, y así se riega el abono para tener una sociedad manipulable que elige al gobernante que le regale un jamón, tres bloques o que se menea igual que en los comerciales de zapatos infantiles.

Por otro lado, la corrupción como antivalor es un fenómeno que viene creciendo y afincándose como cultura desde hace más de 50 años, cuando ya se hablaba de la famosa “mordida” mexicana. Basta ver la serie El Chapo para entender a fondo el problema y entender cómo se ha regado por todos lados, en todos los gobiernos y estructuras de la sociedad. No es cuento. Aquí en Panamá primero le decíamos “la cultura del juega vivo”, ahora ya lo llamamos como es, corrupción. Y con la corrupción globalizada, es más fácil entender no solo los Panama Papers, sino todos los papeles del mundo. La ilegalidad que es legal, frasecita que les fascina a los abogados. El destino final de la transacción no importa. La ausencia de transparencia, el contrabando de mercancías, poder y armas, de favores, la trata de personas y venta de órganos, y un sinfín de horrendas prácticas que son ilegales, pero se hacen de manera legal, pues siempre se pueden ocultar bajo la legalidad.

¿Cómo puede haber justicia así? Si esta se vende y se compra. ¿Cómo puede haber mejor repartición de las riquezas? Si la riqueza es el botín de los que controlan la religión, el poder y la economía.

Pues es eso a lo que hemos llegado como sociedad aquí, en Brasil y en el mundo en que vivimos. Aun en los países con mayor índice de desarrollo humano, particularmente los del norte de Europa, vemos cada día cómo la corrupción se va metiendo por las rendijas de las estructuras de la sociedad. Cuántas noticias nos llegan sobre renuncias, despidos o encarcelamientos de presidentes de empresas o corporaciones, de partidos políticos o cargos públicos. Recomiendo muchísimo ver la serie noruego-estadounidense Lilyhammer, una maravillosa comedia dramática para entender el fenómeno.

En ese sentido, el terreno abonado está listo y fértil; así volverán al poder los Torquemada, los Hitler, los Mussolini, los Pinochet y los Milosevic, así como han triunfado Trump, Macri y posiblemente lo hará Bolsonaro. Llegan al poder con posiciones extremistas y con la cruz en sus manos, como los dueños de la verdad, como ha ocurrido desde los tiempos de la Santa Inquisición, violentando y reprimiendo, encarcelando, torturando y asesinando a todo aquel que interfiera con sus ideas racistas, xenofóbicas, homofóbicas y sexistas que sustentan su poder.

Finalmente, después de describir lo que ocurre en Panamá, Brasil y el mundo, no me rindo ni cuelgo los guantes. Al igual que Castells, no escribo en representación de nadie ni de ningún partido, sino en representación de mí misma, con el único propósito de procurar ampliar el grito a la humanidad que él hace en su carta abierta, para que cada uno de los seres que la conformamos grite más fuerte y que, entre todos, hagamos un escandaloso movimiento hacia el progreso.

Que la humanidad se una toda en ese estallido hacia una gran revolución de valores. Cero tolerancias a la corrupción, a las ideas retrógradas derivadas de la esclavitud, de la homofobia, el sexismo, el racismo, el fascismo, cualquier extremismo y ninguna explotación del hombre sobre el hombre.

¿Es idealista? Aprendamos de la historia de la humanidad con la mente bien abierta. Sin fanatismos que solo contribuyen a la negación del problema y el autoengaño.

La autora es promotora cultural

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