El 1 de abril de 1979, los iraníes votaron para convertirse en una república islámica, constituyendo una de las pocas teocracias existentes en la actualidad. Tras la Revolución iraní, que dio lugar al derrocamiento de la dinastía Pahlaví, el país del Golfo comenzó una transición hacia un sistema basado en la wilayat al-faqih o tutela de los juristas islámicos, proceso que fue liderado por Ruhollah Jomeini, líder de la revolución, quien se convertiría en ayatolá y líder supremo de Irán, poniendo fin a cualquier relación que tuviera la nueva república islámica con lo que fue el Imperio persa, el cual duró más de 2.500 años.
El 28 de febrero de 2026, Israel y Estados Unidos lanzaron ataques coordinados en distintos puntos de Irán, lo que resultó en un conflicto armado mucho mayor centrado en el cambio del régimen iraní. La operación, denominada “Furia Épica” por Estados Unidos, dio lugar al asesinato del ayatolá Alí Jamenei, así como de figuras importantes del régimen dentro del Consejo Supremo de Seguridad Nacional iraní y otros oficiales iraníes.
En respuesta, Irán desplegó múltiples ataques y maniobras militares en varios países del Golfo, como Jordania, Kuwait, Baréin, Catar, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita. Esta campaña militar ha desencadenado una guerra abierta que no solamente ha causado daños a bases militares estadounidenses en la región, sino que también ha llevado a Irán a atacar refinerías y sitios petroleros, causando así un alza en los precios del crudo y, por lo tanto, en la cadena de suministro mundial.
La muerte del líder supremo, ayatolá Alí Jamenei, ha marcado un punto de inflexión en la historia regional. Desde entonces, el conflicto bélico ha continuado con lanzamientos de misiles y drones y, además, con el avance del ejército israelí en países como Líbano. Es preciso señalar que la guerra ya se extiende más allá de Irán, con combates indirectos en otros estados y zonas del Medio Oriente, y con otro aspecto particular de este conflicto: las tensiones entre aliados tradicionales de Estados Unidos y el país norteamericano, como es el caso de España y el Reino Unido.
En medio de la guerra en Irán, España rechazó el permiso para la utilización de sus bases militares por parte de Estados Unidos, por lo que el presidente Donald Trump anunció el cese de las relaciones comerciales con el país ibérico. Por otra parte, aunque inicialmente el primer ministro británico, Keir Starmer, dijo que no se uniría a ataques ofensivos, más tarde permitió a Estados Unidos el uso de bases británicas y anunció que ayudaría en operaciones defensivas, pero sin participar en una guerra total.
Impactos inmediatos de la guerra en el Golfo
El Golfo Pérsico y la península arábiga son el corazón geoestratégico del comercio mundial de energía, con más de 20 millones de barriles de petróleo atravesando diariamente el estrecho de Ormuz en 2024. Este conflicto bélico ha resultado en bloqueos y cierres de rutas marítimas como el estrecho de Ormuz, impidiendo el tránsito de petroleros y gaseros hacia distintas partes del mundo.
Adicionalmente, las alzas abruptas de los precios del crudo, con cotizaciones de hasta 80 dólares por barril, han añadido mayores presiones logísticas y económicas al debilitado comercio internacional. Por ende, más que un error estratégico, los ataques por parte de Irán a instalaciones energéticas en Arabia Saudita y Catar parecen ser una maniobra planificada, que ha afectado una parte importante del suministro mundial de energía, teniendo consecuencias como la inflación en combustibles, el aumento de los costos de transporte y una mayor presión económica en todas las industrias dependientes de hidrocarburos, sin contar las crisis diplomáticas en curso.
Antes de la guerra, Irán era responsable de una red de alianzas con grupos y estados catalogados como terroristas, como Hezbolá en Líbano, milicias en Irak y los hutíes en Yemen, conocida en el mundo árabe como el Eje de la Resistencia. El impacto del conflicto ha debilitado esta red y ha evidenciado las vulnerabilidades de Irán frente a sus relaciones con los países vecinos. No obstante, otra realidad surge en medio de ello: varios países del Golfo se han rehusado a entrar en un conflicto armado, pese a sus diferencias o problemas históricos con la República Islámica de Irán.
Ahora bien, si miramos pasadas intervenciones militares de Estados Unidos en Medio Oriente, especialmente durante el siglo XXI, podemos observar algunos patrones recurrentes que han causado mayor desestabilización en la región. En 2003, Estados Unidos justificó la invasión de Irak por motivos de seguridad nacional y la supuesta posesión de armas de destrucción masiva, similar a la narrativa actual de que Irán representa una amenaza nuclear. Sin embargo, en la práctica, la violencia derivada tiene efectos mucho más amplios que los objetivos declarados, principalmente porque estas intervenciones suelen convertirse en procesos de desestabilización prolongada, insurgencias y mayor radicalización.
Sin un plan claro de sucesión o sin la eliminación estructural de regímenes autoritarios, es imposible erradicar las amenazas argumentadas. En este contexto, es vital mencionar que el Consejo de Expertos de Irán deliberará sobre la sucesión del ayatolá, siendo uno de los posibles sucesores Mojtabá Jamenei, hijo de Alí Jamenei.
Consecuencias para el resto del mundo
La guerra en Irán no es un episodio aislado, sino un nuevo capítulo en una larga historia de intervenciones externas en un Medio Oriente fracturado, marcado por conflictos y rivalidades internas tanto por la lucha por el poder como por la presencia militar de potencias globales.
Los impactos directos en el Golfo son claros: económicos, energéticos y humanitarios. Sin embargo, este conflicto también resuena en los mercados financieros de Londres y Nueva York, en los embarques en Singapur, en el turismo en Dubái y en la vida cotidiana y los costos diarios en todo el mundo.
El conflicto con Irán no debe verse únicamente como una guerra regional, sino como un evento de reconfiguración del equilibrio en el Medio Oriente. Casos como Irak y Afganistán sirven de referencia para comprender los efectos que acarrean estas intervenciones militares y lo profundamente que penetran en la arquitectura de la seguridad global, ya sea mediante una mayor fragmentación del orden regional o un mayor intervencionismo de potencias globales.
No obstante, el mayor impacto no se medirá únicamente en términos económicos, sino en el rediseño de las alianzas, no solo en el Golfo, sino también en las relaciones transatlánticas entre Estados Unidos y Europa.
El autor es internacionalista.


