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Hablando del ‘fentagate’…

Panamá nunca deja de sorprendernos. Constantemente surgen noticias que nos mueven al parámetro de la lógica. Tan solo esta semana, nos topamos con que la rectora de universidad más famosa del país comenzó su campaña de reelección. Pero no piensen que organizó una conferencia sobre inteligencia artificial, desarrollo de programas docentes o cursos de lectura comprensiva. La señora comenzó su enésimo intento para seguir pelechando de la rectoría con un open bar. Honestamente, no sé por qué no me sorprende en lo más mínimo, cuando lo más destacado de su gestión ha sido la expedición de títulos a diputados que después le corresponden con aumentos en las partidas para pagarse el salario. Con cosas así, no es que andemos mal en educación; simplemente no andamos.

Pero la noticia más inaudita de los últimos 15 días es la desaparición de un montón de ampollas de fentanilo (nadie sabe exactamente si se extraviaron, se los robaron, se traspapelaron o simplemente están jugando al escondite). A pesar de que las autoridades no han querido hacer mucho ruido al respecto, hay que entender que esto calificaría para el peor escándalo en la historia de la CSS (y miren que allí hay para escoger). Esto está muy por encima del envenenamiento con dietilenglicol, de la desaparición de medio millón de guantes durante la pandemia, del desfalco de los dineros de los asegurados en el programa de viviendas durante el gobierno de Torrijos “el padre” o del sobreprecio en el oxígeno médico durante la pandemia. Aclaro que al decir esto no estoy de ninguna manera restando importancia a la contaminación de jarabe para la tos con dietilenglicol y las terribles consecuencias para los pacientes que lo consumieron. Pero el alcance que puede representar lo del fentanilo puede superarlo con creces.

El fentanilo es un narcótico sintético 100 veces más potente que la morfina y 50 veces más potente que la heroína. Su uso médico es principalmente para anestesia y para sedación de pacientes en cuidados intensivos conectados a respiradores mecánicos. El efecto secundario más severo del fentanilo es la depresión y paro respiratorio, que depende no solo de la dosis utilizada, sino también de la velocidad de administración del medicamento. Es la droga que más vidas cobra por sobredosis en Estados Unidos, donde su tráfico (en forma de tabletas de uso oral, procesadas a partir de la solución intravenosa), representa más de 250 muertes diarias (sí, diarias) según datos del CDC de Estados Unidos.

Pero a raíz de la desaparición en Panamá, hay muchas preguntas que no están del todo claras y hay todo tipo de especulaciones en los medios y entre la población de lo que pudo pasar. Hasta ahora, nadie tiene claro qué cantidad de fentanilo desapareció en la CSS. Se ha hablado de 10 mil, 12 mil, 19 mil, 20 mil o 22 mil unidades. Además, se han usado indistintamente tres términos que corresponden a cosas muy distintas. Las palabras dosis, ampollas y viales se han usado indistintamente como si fueran sinónimos. Dosis, corresponde a la cantidad de fentanyl que se administra a un paciente, según la indicación. Un paciente intubado puede requerir una dosis de 20 ampollas diarias o, durante una cirugía mayor, se puede requerir una dosis de 10 ampollas. Obviamente, esto se utiliza en un ambiente completamente monitorizado y supervisado por personal entrenado. Una ampolla de fentanilo contiene 100 microgramos en dos mililitros, y el vial (no siempre disponible en Panamá) contiene 10 mililitros que corresponden a 500 microgramos de la droga. O sea, que es completamente diferente decir 20,000 dosis, ampollas o viales.

Otra pregunta es si se justifica que la institución tenga un inventario de 20 mil ampollas. Evidentemente, la respuesta es que sí, dadas las dosis que pueden requerir los enfermos. Además, el dispendio de este tipo de medicamentos (fentanilo, morfina, demerol, etc), no se limita a pedir en la farmacia que lo despachen. Para obtener narcóticos, se requiere que se llene una receta especial que contiene los datos precisos del paciente, diagnóstico, indicación, dosis y tiempo de administración. Además, cuando se le despacha fentanilo a una determinada unidad hospitalaria, se requiere la devolución de las ampollas vacías, para tener un estricto control de que han sido utilizadas antes de entregar más.

Según lo que se ha sabido a través de los medios, fue entre octubre y noviembre que se detectó la desaparición del fentanilo en la CSS. Francamente, es difícil que semejante cantidad no se haya perdido de un depósito o durante el transporte de uno a otro lugar. Encontrar una caja con unas ampollas que un residente dejó olvidada al salir de un turno, no explica de ninguna manera la desaparición de una cantidad como la denunciada. Tratar de buscar un chivo expiatorio que cargue con la culpa y de paso libere de responsabilidades a gente que está más arriba en la cadena alimenticia de la institución, no solo es un descaro, sino que demuestra gran irresponsabilidad de parte de las autoridades encargadas de la custodia de estas sustancias.

Pero aquí no termina la historia. Según se ha escuchado, la DEA detectó y reportó lo que estaba pasando; personal de la CSS pudiera tener vínculos con el narcotráfico internacional y el fentanilo desaparecido desde el año pasado seguro ya circula por las calles del mundo, vendiéndosele a adictos que ponen en riesgo su vida al utilizarla. Desenmarañar todo este enredo requerirá tiempo. Serán necesarias muchas auditorías a personas e instituciones, para determinar responsabilidades. Esperemos que si aparecen los culpables, los aplaste todo el peso de la ley.

Es difícil predecir en qué va a terminar todo esto. Lo que es un hecho es que representa un serio problema en la principal organización de salud de nuestro país, con alcances inimaginables. Pero, ¿nos sorprende? Sospecho que no.

El autor es médico cardiólogo


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